Las palomas del olvido,
Los rincones, la miseria,
Arriesgando la vida por lo vivido,
Sin tocarla, desde lejos, atisbaba un alma fría.
Los borrachos de la madrugada,
Los cartones sin dueño,
El vagabundo en su acera esperaba,
Insistente ver la última hoja deshojada del otoño.
La muerte ensangrentada se miraba en el espejo,
Y en el reflejo de su túnica mortuoria,
Perdidos y olvidados, sin lumbre, sin vida dejó.
Que la vida es bien sabida por todos, es sin duda, transitoria.