
Aquellas navidades que se fueron:
Eran tiempos bellos, donde la risa cabalgaba en nuestras miradas. Recuerdo la llegada del niño Dios, cuando mi madre solía llegar caminando entre el silencio de la noche, y con pasos tiernos descargaba sus regalos en medio de nuestra almohada y continuaba el misterio de la navidad entre nuestras infantiles cotidianidades.
Eran los tiempos donde la familia se reunía en torno a un pesebre y un novenario, donde hacíamos nuestras maracas con humildes tapas de cerveza o gaseosa, y las hacíamos sonar entre los cánticos navideños, entre las risas de los abuelos, entre las miradas tiernas de nuestros padres y amigos.
Solíamos caminar entre la noche en torno al afán de un novenario, de una ficha para un posible regalo, o quizás un confite, o una mirada de una niña que nos gustara y nos robara un recuerdo de sus ojitos misteriosos. Cuando escondían el niño Dios con algún billete, corríamos a buscarlo entre todos los objetivos posibles, con las ganas de ser los ganadores de aquellas búsquedas. Ver al niño Dios, era una dicha inimaginable.
Pero los años nos cambian, al igual que cambian nuestros estilos de vida, nosotros nos hacemos diferentes al llegar la madurez. Quizás nuestro egoísmo se mezcla entre el afán dormido de nuestras libertades o de nuestras nuevas sensaciones.
A veces también las situaciones se tornan cambiantes por diversos conflictos que se generan entre las familias. A veces nuestro orgullo prevalece más que la palabra navidad, que la tolerancia, que el perdón. Somos humanos y cometemos errores, pero a veces nos es difícil perdonar y ser perdonados.
Entre la vida y el tiempo, entre el afán de nuestros pasos por el mundo, ausentamos a nuestros hijos de la magia de la familia, del calor de los primos, de los tíos y abuelos. Pesa más nuestro orgullo que el encuentro con los lazos de nuestra propia sangre. Es duro perdonar cuando nos vemos ofendidos por seres que amamos, y que han estado entre nuestro crecimiento y formación. Que han fortalecido nuestras luchas y batallas, y nos vemos ofendidos a veces por cosas que a veces son insignificantes. Entonces es cuando esperamos que aquella persona nos busque, y aquella persona está pensando lo mismo, y es cuando nacen las distancias y los desencuentros.
Ahora estas navidades están llenas de licores, de parrandas hasta la madrugada, de globos que atentan contra nuestra naturaleza, contra las propiedades. Con pólvora peligrosa y ruidosa, contra la maldad y la violencia que se hace fuerte los tragos. Prevalecen los bailes eróticos, las canciones llenas de pornografía. Ya las épocas de las canciones lindas se acabaron, los boleros, las guabinas, murieron como murió la poesía del abuelo.
Como murió la claridad de los días de antaño, hoy en cada rincón prevalece la maldad, la indiferencia, nos llenamos de egoísmo y dejamos morir el altruismo y tantas cosas bellas que heredamos de los abuelos. Se murieron con nuestros viejos todos los valores, únicamente prevalece el valor monetario como punto de entrada a posibles puertas.
Es duro sentir la ausencia del niño Dios con sus regalos para personitas que sufren el abandono de sus padres, quizás de un padre que voló cuando supo lo del embarazo, o de una madre que no sabe siquiera de quien es la semillita que brota entre su vientre.
Es demasiado duro sentir en las calles de mi patria, las manos sucias de un niño reciclando entre las mismas miserias, quizás con el hambre caminando entre la profundidad de sus pequeñas soledades.
Duro sentir las manos detenidas, el desempleo, la falta de oportunidades para muchos seres que habitan entre nuestras diferentes Ciudades. Vivimos en un país donde se ahogan las oportunidades, donde las mujeres tienen que cambiar sus cuerpos, por unos pocos billetes para soportar la carga del hambre y del abandono.
Quizás por estas cosas y por muchas más que escapan entre las páginas de mi memoria, es por lo que no disfruto nunca en estos tiempos de navidad.
El único regalo que le pediría al niño Dios, sería que reinara la igualdad entre los hombres, y que desde niños no empecemos a sentir las diferencias sociales, que son donde se anidan los futuros sicarios, y hombres del conflicto para incrementar la tragedia de nuestras sucesivas generaciones.
La misma sociedad que señala, que margina, que clasifica, está condenada a repetir los duros sinsabores de la guerra que se libra en las Ciudades.
Ojala cambiáramos de actitud por el bien nuestro y el de nuestra sufrida Patria.