RECORDANDO LOS 40 AÑOS DE MATRIMONIO DE MIS PADRES.
Fue así como mis padres se conocieron,
en la finca de mis abuelos,
en ese lugar,
donde la tarde arrulla los amoríos, donde la luna nocturnal
alumbra los sueños entre el sabor amargo de un tinto
y un cigarrillo pielroja, así nació el amor de mis padres.
Mi padre ingresó a la peonada de mi abuelo por recomendación de
algunas personas vecinas que conocían de su fortaleza para las labores del campo.
Era el más pilo de todos, decía mi madre,
el más bello y agraciado.
Justo allí le hizo los primeros ojitos a mi madre,
ella, aunque todavía con mirada juvenil
y poco coqueta,
no quería seguir a sus atenciones y miradas.
Entonces mi abuelo,
ya observando las miradas de ambos
quiso que no trascendieran y separarlos.
Pero Al final, no pudo,
era más fuerte el amor que los latigazos del abuelo.
Así es la vida, hay un refrán que dice Dios los visita y ellos se juntan.
Quizás eso pasó en el noviazgo de mis padres.
Las idas a la escuela las aprovechaban ellos para verse en las tardes, cuando bajaban entre risas de estudiantes por los caminos mojados de aquellas tierras, donde se escribían amores entre las sombras blancas de las tardes, entre risas de golosas y de katapiz. No importaba llegar un poquito tardea las casas luego de la salida de las escuelas.
Apenas habían salido al comercio los televisores en blanco y negro, eran los 70, años maravillos que empapan mis recuerdos.
En las noches se reunían las pioneras a mirar novelas traídas de méxico y otras comarcas más, a mirar historias de amores que no faltaban en las noches para que alegraran el final de las jornadas de trabajo.
No faltaban miradas y coqueteos, en unas tierras tan hermosas es muy fácil para entender el dialecto de los corazones.
Corrían las gallinas con sus culecadas por las mangas teñidas de verde,
los terneros bramaban en las mañanas de los establos,
los cultivos florecían como también, al igual que crecía
el amor de mis padres, en aquellos tierras de gente buena.
Los terneros solicitaban las presencias de sus madres,
que pastaban en los potreros, mientras mi padre ordeñaba,
y luego entre leche espesa que se convertía en queso y en cuajadas, así transcurría la mañana.
Toda siembra se hacía buscando la menguante,
porque las voces ancestrales decían que eran los mejores tiempos para el cultivo.
Y así entre las sombras de los inviernos crecían los veranos y el agua cabalgaba silenciosa entre la voz de las montañas,
mientras los sueños se hacían realidad mezclando la lucha y las ganas de amar.
Los radios pregonaban versos de amores en sus diferentes programas matutinos, y así lentamente se cristalizaron los amores de mis padres entre versos, coplas y ritmos de guascas y bambucos.
Que poco a poco maduraban sus instintos
frente a la raíz fecunda de los tiempos,
frente a la raíz de un carbonero y una tortola que rondaba los linderos de su nido donde almacenaba sus polluelos.
Entre las faenas del campo continuaban los días,
entre siembra y siembra, entre cosecha y cosecha.
Eran caminos de monte, de tierra amarilla y resbaloza,
camino de tractores y camperos que relucían su doble tracción
para poder salir de los peñascos.
Todos los domingos con bajada al pueblo, misa de 12,
novedades nuestras y de sus gentes, embarazos ocultos,
vicibles e invicibles, noticias de los muertos, de matrimonios, de suicidios, de enfermedades nuevas que se conocían en los hospitales cercanos, crónicas de los que se fueron, los que llegaron,
las novias que iban al altar, las que por desamores se iban de monjas
y abandonaban el pueblo, al igual que muchas damas de la clase alta que quedaban embarazadas.
De la entrada a las heladerías con los amigos,
del caminar por las calles del parque, eso parecía un reinado de belleza, a ver la más hermosa, la mejor vestida.
La entreda a las heladerías, de tantas cosas lindas que llegan a mis recuerdos de éstos días domingos...
De las peleas al salir de las cantinas,
de retos a machete y a cuchillo,
de las peleas con envases despicados,
de los desafíos a machete y ese enredar de ruanas gruesas entre las manos para evitar las cortadas.
Entre todos esos recuerdos transcurrieron los amoríos de mis padres.
Eran noviazgos poco liberados.
Hoy no se eso, hoy los novios se reciben en las camas
y muchas veces con el conocimiento de algunos padres que poco restringen las libertades.
De los noviazgos que maduraban entre las ventanas de las casas. Hoy todo ha cambiado. Hoy veo niñas embarazadas a los doce años.
Como nos cambia la vida.
Luego venía el lunes con la continuidad de las cosas que se movían entre las semanas. Entre el agite de tantas cosas que suceden
y con la complicidad de mi abuela que le decía a mi abuelo en el oído que los dejara, que el muchacho era bueno aunque un poco gustador de las juergas y bebas en cantinas.
Lo que poco le gustaba a mi abuelo, nunca fué bebedor,
Amaba mucho a sus hijos, se preocupaba por el bienestar de todos.
Quizás no quería verlos sufrir como todos los abuelos.
Pero la vida los visita y el destino los junta,
y como dicen que lo prohibido es lo mejor,
no se podía cohibir mucho
porque para desatender los permisos existía la malicia de los novios.
Así entre charlas rutinarias de domingos
y un poco entre semana,
se desarrolló el noviazgo de mis padres,
hasta el día que los quiso separar y ya era tarde,
por que estaban haciendo los cursillos propios para los casamientos.
Ayudo la complicidad de la abuela,
la que era alguito permisiva.
Mi madre Recuerda la bendición del abuelo el día de la boda,
el abuelo miró a mi madre con sus ojos penetrantes
y entre frases duras sentenció su despedida con algunas palabras,
un poco hirientes.
El amor por los hijos, a veces hace que pensemos así,
es duro ver que nuestros hijos no hacen lo que nosotros queremos
y se dejan llevar por sus caprichos,
fue eso lo que le dio duro al abuelo.
La impotencia de querer librar del sufrimiento
a aquellos seres que llevamos en el corazón.
Pero hay una fuerza interior que es más fuerte que nuestros propios deseos.
Luego mi padre,
se dedicó a cultivar el monte con sus fuerzas de hombre,
y entre cosechas de papa, tomate, maíz y fríjol
retó la bravura del tiempo que lentamente caminaba,
y al lado de la mujer que había despertado sus ganas de vivir
y de hacerse hombre de duros combates y batallas.
Recuerdo a mi padre todos los domingos
cuando enfiladitos llegábamos a misa,
yo era la mayor de todos.
fuí la primer hija, la segunda madre para mis hermanos,
verlos crecer a todos tras mis pasos era como sentirlos más que hermanos, eran parecidos a mis hijos. Entrábamos a las heladerías con nuestros sueños infantiles, envueltos entre conos y pequeños paquetitos de chitos, gudiz y chocolatinas, las que destapa coleccionando sus figuras de animales que me enseñaron el amor por los animales, por todas mis gentes, por toda y cada una de mi familia.
Aquellos recuerdos inundaron por siempre, las playas frescas de mi alma.
Mi padre nos llevaba en carros trocheros que visitaban las fincas, llegábamos con los mercados y fueron los años más maravillosos de mis días.
Aquellos domingos cuando había cosecha y a mi padre le quedaban buenos saldos,
le daba plata a mi madre para comprar retazos que ella sabía utilizar en su máquina singer
y moldeaba vestidos para mí y mis hermanitos,
para esos días éramos seis hijos en total.
Mi padre bajaba a la ciudad de Medellín con migo cada mes a visitar especialistas para un problema que yo tenía en mi paladar,
para que lo atendieran con cariño,
mi padre les traía quesitos grandes a los especialistas,
para que la atención fuera mejor,
eso sirvió mucho a sanear mi problema.
Cuando escaseaban los quesitos, habían gallinas gordas que aprendían como se servía en los platos de la capital, en un costal llegaban vivas a donde los doctores.
Entre el amor fuimos creciendo aunque a veces escuchábamos algunos problemas entre mis padres,
era algo normal, todas las parejas tienen algunas diferencias.
Una vez mi padre bajó al pueblo con mi hermanito Elkin,
y noté a mi madre algo triste,
entre mis pocos conocimientos de sicología la notaba angustiada,
algo le acontecía, pero ella para no alertarnos callaba en sus adentros.
Esa misma tarde mi padre se había ido y habíamos quedado sin su compañía y apoyo.
Fueron tiempos duros para la familia,
hasta mi abuela sufría con nosotros, para esos días ya había fallecido el abuelo.
Desde el cielo apoyaba nuestros pasos.
Seguía la búsqueda,
sin saber en que lugar estaban los dos,
no sabíamos en que condiciones se encontraban,
lo que si sabíamos era que estaban vivos, nos lo decían nuestros corazones.
Un trabajador de la finca de nombre Abelito
siguió viviendo con nosotros y trabajando en la finca,
era peón de confianza de mi padre.
Hacía las veces de nuestro padre,
por el apoyo que nos daba,
aunque él respetaba a mi madre y todo era algo normal.
Mientras las cosas sucedían llegaban las ayudas de mis tíos,
y familiares amigos,
todos fueron buenos amigos con nosotros.
Mi madre sacaba a la plaza del pueblo, ventas de ropas que ella misma confeccionaba,
eran ayudas para la subsistencia.
En casa seguía la espera por nuestro padre y hermano.
Llegaban rumores que estaban en los lugares donde se cosechaba café, estaban en tierras calientes,
a veces pensábamos si mi padre había cambiado a mi madre por otra mujer, y mi madre lloraba aunque para hacerlo buscaba no estar cerca de alguno de sus hijos, quería que la notáramos fuerte pero sabíamos de su sufrimiento.
Pero los inviernos llevan dentro sus propios veranos,
toda tristeza por fuerte que sea habrá también de traer consigo alguna calma.
Gracias a Dios a los dos años cumplidos de su ausencia,
una tarde llegó mi padre cabizbajo y apesadumbrado a la casa de mi abuela preguntando por su familia,
como habría de esperarse le negaron nuestra presencia,
y a las pocas horas ya estaba detenido en un calabozo.
Esa misma tarde mi madre bajó rápidamente a la inspección de policía a reclamar a mi hermanito,
fue tanta la dicha nuestra verlo regresar en buenas condiciones, y estar viéndolo sano nuevamente en casa.
Mis familiares decían a mi madre que quitara la denuncia para que mi padre saliera a la libertad,
era duro esa condena para mi padre,
y así fué,
rapidito salió a la libertad y nos visitó.
Teníamos que perdonarlo, yo pensaba en mis adentros,
era la mayor, doce añitos tenía en ese entonces.
Mi madre lo perdonó aunque algún rencor guardaba en sus adentros creo yo, un poco aprendía a conocerla.
Pueden más las fuerzas del perdón,
que las fuerzas del odio.
Mi padre luego de ser perdonado trató de enrutarce nuevamente en las labores de campo, en una nueva finca que conseguimos y con un señor ya conocido en épocas anteriores.
Luego las cosas fueron como en los tiempos idos,
las salidas a la plaza del pueblo,
los recorridos por las tiendas de conos,
restaurantes y asaderos de pollos que un poco habíamos olvidado sus costumbres,
las ventas de mi madre los domingos se acabaron.
Y mis ganas de convertirme en mujer ya sobresalían en mi mente, pensaba en lo que habría de hacer con mi vida,
el embarazo de mi madre para su séptima hija,
me mostraba a mí también el camino de mis futuros días y solo pensaba en un hombre que fuera ajeno a toda complacencia por mundos de cantinas y noches bohemias.
Gracias a Dios me ayudó a elegir a una persona que a acompañado mis pasos desde qel día que cumplí mis dieciséis años,
,a mis 18 años,
y sacando mi cédula hicimos vueltas para casarnos y desde esos días me acompaña.
Tengo una hija que trato de mostrarle el camino,
para que tan feliz como yo lo he sido.
A mi padre, lo he querido desde siempre,
y ojala diosito se digne darme su compañía por muchos otros años más.
A mis hermanitos que los amo demasiado,
porque a pesar de haber sufrido una ausencia por dos cortos años, creo que hoy somos una familia unida y servicial para todos nosotros.
A mi madre muchas gracias por haber perdonado a papá, y seguir con él porque además sabe que él la adora. Han pasado cuarenta años de existencia y eso es grande para nosotros, porque a pesar de tantos problemas estamos unidos todavía. Gracias a todos por compartir éstos tiempos que aunque con algunos sufrimientos, he