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Fecha: 26-04-2012
Categoría: Dedicado
Autor: licet
Lecturas: 4189
Estrellas: 5 estrellas


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Mis padres y un poco de mi



RECORDANDO  LOS 40 AÑOS DE MATRIMONIO DE MIS PADRES.

 

Fue  así  como mis padres se conocieron,

 en  la finca de mis abuelos,

en  ese  lugar,

donde la tarde arrulla los amoríos, donde la luna nocturnal

alumbra los sueños entre el sabor amargo de un tinto

y un cigarrillo pielroja, así nació el amor de mis padres.


Mi padre ingresó a la peonada  de  mi abuelo por recomendación de 

algunas personas vecinas que conocían de su fortaleza para las labores del campo.


Era el más pilo de todos, decía mi madre,

el más bello y agraciado.


Justo allí le hizo los primeros ojitos a mi madre,

ella, aunque todavía con mirada juvenil

y poco  coqueta, 

no quería seguir  a sus atenciones y miradas.


  Entonces  mi abuelo,

ya observando  las  miradas  de ambos

 quiso  que   no trascendieran y separarlos.


 Pero  Al final,  no pudo,

era más fuerte el amor que los latigazos del abuelo.


Así  es la vida, hay un refrán que dice Dios los  visita y ellos se juntan.


Quizás eso pasó en el noviazgo de mis padres.


Las idas a la escuela las aprovechaban ellos para verse en las tardes, cuando bajaban  entre risas de estudiantes por los caminos mojados de aquellas tierras, donde se escribían amores entre las sombras blancas de las tardes, entre risas de golosas  y de katapiz. No importaba llegar un poquito tardea las casas luego de la salida de las escuelas.

 

Apenas habían salido al comercio los televisores en blanco y negro, eran los 70, años maravillos que empapan mis recuerdos.

En las noches se reunían las pioneras a  mirar  novelas traídas  de méxico  y otras comarcas más, a mirar historias de amores que no faltaban en las noches para que alegraran  el final de las jornadas de trabajo.

 

No faltaban miradas y coqueteos, en unas tierras tan hermosas es muy fácil para entender el dialecto de  los corazones.


Corrían las gallinas con sus culecadas por las mangas teñidas de verde,

los terneros bramaban en las mañanas  de  los establos,

los cultivos florecían como también,  al igual que crecía

el amor de mis padres, en aquellos tierras de gente buena.


Los terneros solicitaban  las presencias de sus madres,

que pastaban en los potreros,  mientras mi padre ordeñaba,

y luego entre  leche espesa que se convertía en queso y en cuajadas, así transcurría la mañana.



Toda siembra se hacía buscando la menguante,

porque las voces ancestrales decían que eran los mejores tiempos para el cultivo.


Y así entre las sombras de los inviernos  crecían  los veranos y el agua cabalgaba silenciosa entre la voz de las montañas,

mientras  los sueños se hacían realidad  mezclando la lucha y las ganas de amar.

Los radios  pregonaban versos de amores en sus diferentes programas matutinos, y así lentamente se cristalizaron los amores de mis padres entre versos, coplas y ritmos de guascas y bambucos.

Que  poco a poco maduraban sus instintos

frente a la raíz  fecunda de los tiempos,

frente a la raíz de un carbonero y una tortola que rondaba los linderos de su nido donde almacenaba sus polluelos.


Entre las faenas del campo  continuaban los días,

entre siembra y siembra, entre cosecha y cosecha.

Eran caminos de monte, de tierra  amarilla y resbaloza,

camino de tractores y camperos que  relucían su doble  tracción

para poder salir de los peñascos.


Todos los domingos con bajada al pueblo, misa de 12,

 novedades nuestras  y de sus gentes, embarazos  ocultos,

vicibles e invicibles, noticias de los muertos, de matrimonios, de suicidios, de enfermedades nuevas que se conocían en los hospitales cercanos,  crónicas de los que se fueron, los que llegaron,

las novias que iban al altar, las que por desamores se iban de monjas

y abandonaban el pueblo, al igual que muchas damas de la clase alta que quedaban embarazadas.


De la entrada a las heladerías con los amigos,

del caminar por las calles del parque, eso parecía un reinado de belleza,  a ver la más hermosa, la mejor vestida.

La entreda a las heladerías,  de  tantas cosas lindas que llegan a mis recuerdos de éstos días domingos...


 De las peleas al salir de las cantinas,

de  retos a machete y a cuchillo,

de las peleas con envases despicados,

de los  desafíos a machete y ese enredar de ruanas gruesas entre las manos para evitar las cortadas.

 

Entre todos esos recuerdos transcurrieron los amoríos de mis padres.

Eran noviazgos poco liberados.

Hoy no se eso, hoy los novios se reciben en las camas

y muchas veces con  el conocimiento  de algunos padres que poco restringen las libertades. 


De los noviazgos que maduraban entre las ventanas de las casas. Hoy todo ha cambiado. Hoy veo niñas embarazadas a los doce años.

Como nos cambia la vida.

 

Luego venía el lunes con la continuidad de las cosas que se movían entre las semanas. Entre  el agite de tantas cosas que suceden

y con la complicidad de mi abuela que le decía a mi abuelo en el oído que los dejara, que el muchacho era bueno aunque un poco gustador de las juergas y bebas en cantinas.

Lo que  poco  le gustaba a mi abuelo, nunca fué bebedor,

Amaba mucho a sus hijos, se preocupaba  por el bienestar de todos.


Quizás no quería verlos sufrir como todos los abuelos.

Pero la vida los visita y el destino los junta,

y como dicen que lo prohibido es lo mejor,

 no se podía cohibir mucho

porque para  desatender los permisos existía  la malicia de los novios.


Así entre charlas rutinarias de domingos

y un poco entre semana,

se desarrolló el noviazgo de mis padres,

hasta el día que   los quiso separar  y ya era tarde,

por que estaban  haciendo los cursillos propios para los casamientos.


Ayudo la complicidad de la abuela,

la que era  alguito permisiva.


Mi madre Recuerda  la bendición del abuelo el día   de la boda,

el abuelo miró a mi madre con sus ojos penetrantes

y entre frases duras sentenció su despedida con algunas palabras,

un poco  hirientes.

El amor por los hijos, a veces hace que pensemos así,

es duro ver que nuestros hijos no hacen lo que  nosotros queremos

y se dejan llevar por sus caprichos,

fue eso lo que le dio duro al abuelo.


La impotencia de querer  librar del sufrimiento

a aquellos seres que llevamos en el corazón.

Pero hay una fuerza interior que es más fuerte que nuestros propios deseos.

 

Luego mi padre,

se dedicó a cultivar el  monte con sus fuerzas de hombre,

y entre cosechas de papa, tomate, maíz y fríjol

retó la bravura del tiempo que lentamente caminaba,

y al lado de la mujer que había despertado sus ganas de vivir

y de hacerse hombre de duros combates y batallas.


Recuerdo a mi padre todos los domingos

cuando enfiladitos llegábamos a misa,

yo era la mayor de todos.

fuí la primer hija, la segunda madre para mis hermanos,

  verlos crecer a todos tras mis pasos era como sentirlos más que hermanos, eran  parecidos a   mis hijos. Entrábamos a las heladerías con nuestros sueños infantiles,  envueltos entre conos y  pequeños paquetitos de chitos, gudiz y chocolatinas, las que destapa  coleccionando sus figuras de animales que me enseñaron el amor por los animales, por todas mis gentes, por toda y cada una de mi familia. 


Aquellos  recuerdos inundaron por siempre, las playas  frescas de mi alma.

Mi padre nos llevaba en carros trocheros que visitaban las fincas,  llegábamos con los mercados y fueron los años más maravillosos de mis días.

 

Aquellos  domingos cuando había cosecha y  a mi padre le quedaban buenos saldos,

le daba plata a mi madre para comprar retazos que ella sabía utilizar en su máquina singer

y moldeaba vestidos  para mí y mis hermanitos,

para esos días éramos  seis hijos en total.


Mi padre bajaba a la ciudad de Medellín con migo cada mes a visitar especialistas para un problema que yo tenía en mi paladar,

para que lo atendieran con cariño,

mi padre les traía quesitos grandes  a los especialistas,

para que la atención fuera mejor,

eso sirvió mucho a sanear mi problema.


Cuando escaseaban los quesitos, habían gallinas gordas que aprendían  como se servía en los platos de la capital, en un costal llegaban vivas a donde los doctores.

 

Entre el amor fuimos  creciendo aunque a veces escuchábamos algunos problemas entre mis padres,

era algo normal, todas las parejas tienen algunas diferencias.


Una vez mi padre bajó al pueblo con mi hermanito  Elkin,

y noté a mi madre algo triste,

entre mis pocos conocimientos de sicología  la notaba angustiada,

algo le acontecía, pero ella para no alertarnos callaba en sus adentros.


Esa misma tarde mi padre se había ido y habíamos quedado sin su compañía y apoyo.

Fueron tiempos duros para la familia,

hasta mi abuela sufría  con nosotros, para esos días ya había fallecido el abuelo.

Desde el cielo apoyaba nuestros pasos.

 

Seguía la búsqueda,

sin saber en que lugar  estaban los dos,

no sabíamos en que condiciones se encontraban,

lo que si sabíamos era que estaban vivos, nos lo decían nuestros corazones.


Un trabajador de la finca de nombre Abelito

  siguió viviendo con nosotros y trabajando en la finca,

era peón de confianza de mi padre.

Hacía las veces de nuestro padre,

por el apoyo  que nos daba,

aunque él respetaba a mi madre y todo era algo normal.


Mientras las cosas sucedían llegaban las ayudas de mis tíos,

y familiares amigos,

todos fueron  buenos amigos con nosotros.

Mi madre sacaba a la plaza del pueblo,  ventas de ropas que ella misma confeccionaba,

eran ayudas para la subsistencia.


En casa seguía la espera por nuestro padre y hermano.

Llegaban rumores que estaban en los lugares donde se cosechaba café, estaban en tierras calientes,

a veces pensábamos si mi padre había cambiado a mi madre por otra mujer, y mi madre lloraba aunque para hacerlo buscaba no estar cerca de alguno de sus hijos, quería que la notáramos fuerte pero sabíamos de su sufrimiento.

 

Pero los inviernos  llevan dentro sus  propios veranos,

toda  tristeza por fuerte que sea habrá también de traer consigo alguna calma.

Gracias a Dios a los dos años cumplidos de su ausencia,

una tarde llegó mi padre cabizbajo y  apesadumbrado a la casa de mi abuela preguntando por su familia,

como habría de esperarse  le negaron nuestra presencia,

y a las pocas horas ya estaba detenido en un calabozo. 


Esa misma tarde mi madre bajó rápidamente  a la inspección de policía a reclamar a mi hermanito,

fue tanta la dicha nuestra  verlo regresar en buenas condiciones, y estar viéndolo sano nuevamente en casa.


Mis familiares decían a mi madre que quitara la denuncia para que mi padre saliera a la libertad,

era duro esa condena  para mi padre,

y así fué,

rapidito salió a la libertad y nos visitó.

Teníamos que perdonarlo, yo pensaba en mis adentros,

era la mayor, doce añitos tenía en ese entonces.

Mi madre lo perdonó aunque algún rencor  guardaba en sus adentros creo yo, un poco aprendía a conocerla. 

Pueden más las fuerzas del perdón,

que las fuerzas del odio.


Mi padre luego de ser perdonado trató de enrutarce  nuevamente en  las labores  de campo, en una nueva finca que conseguimos y con un señor  ya conocido en épocas anteriores.

 

Luego las cosas fueron como en los tiempos idos, 

las salidas a la plaza del pueblo,

los recorridos por  las tiendas de conos,

restaurantes y asaderos de pollos que un poco habíamos olvidado sus costumbres,

las ventas de mi madre los domingos se acabaron.

Y mis ganas de convertirme en mujer  ya sobresalían en mi mente, pensaba en lo que habría de hacer con mi vida,

el embarazo de mi madre para su séptima hija,

me mostraba a mí  también el camino de mis futuros días  y solo pensaba en un hombre que fuera ajeno a toda complacencia por  mundos  de cantinas y noches bohemias.


Gracias a Dios me ayudó a elegir a una persona que a acompañado mis pasos desde qel día que cumplí  mis dieciséis años,

,a mis 18 años,

y sacando mi cédula hicimos vueltas para casarnos y desde esos días me acompaña.

Tengo una hija que trato de mostrarle el camino,

para que  tan feliz como yo lo he sido.

A mi padre, lo he querido desde siempre,

y ojala diosito se digne  darme su compañía por muchos otros años más.

A mis hermanitos que los amo demasiado,

porque a pesar de haber sufrido una ausencia por dos cortos años, creo que hoy somos una familia unida  y servicial para todos nosotros.

 


 

A mi madre  muchas gracias por haber perdonado a papá, y seguir con él porque además sabe que él la adora. Han pasado cuarenta años de existencia y eso es grande para nosotros, porque  a pesar de tantos problemas estamos unidos todavía. Gracias a todos por compartir éstos tiempos  que aunque con algunos sufrimientos, he


(Video incluido)


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Autor/a: licet




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