Esto pasó en pleno apogeo de los Bancos.
No conocí al viejo Chepe en sus años de juventud. Pero si pude platicar con sus sobrinos algunas veces, que venían al lugar de su trabajo a visitarlo. Pasó sus años alejado de las maravillas del amor a pesar de gustarle demasiado las mujeres. No era de dudar que fuera un hombre, porque cuando pasaban las colegialas volteaba su mirada y recorría su talle con sus ojos ya un poco fatigados por tantas faenas recorridas.
El día caminaba saltando entre las horas y entre cada minuto el viejo Chepe visitaba las plazas de mercado, olfateando todo aquello que faltara, o al igual que abundara porque para la vida de los negocios era lo mismo. Esa era la rutina matutina, el traer o el llevar.
Todo lo que sobra aquí, y todo aquello que hace falta allá.
El vaivén de las plazas de mercado fluctúa entre la oferta y la demanda. Si hay muchas existencias disminuyen los costos de los productos, pero si escasean es hay cuando se incrementan los costos y entonces aprovechan los vividores como el viejo Chepe.
Cuentan que en sus años de juventud visitaba las plazas de la costa y de ciudades aledañas llevando verduras y legumbres. Atesoró una fortuna que poco compartía, era un hombre de negocios aunque bastante solitario. Creo que fue la mejor idea que tuvo de no contraer responsabilidades con ninguna dama, porque con él ninguna mujer se hubiera enamorado. Era hasta pispo, tenía ojos verdes y una mirada bailarina. Sus ojos corrían veloces a todos los lados en busca de la palabra dinero o avaricia, que aunque distintas están tan unidas como el papel, el humo y las cenizas.
En las entregas de sus cargas el viejo Chepe, gustaba hacerlas personalmente para evadir pagos por flete. En horas de almuerzo cuando sus parroquianos disfrutaban de sus viandas, el Chepe visitaba las canecas de las frutas, porque era bastante naturista y sacaba las mejores entre las más malas para hacerles cirugía en su puesto donde descargaba sus bultos de legumbre. Nunca había plata para sopas y almuerzos de la plaza como era la costumbre para todos. Con un cuchillo que tenía para partir cabuyas y pitas, que amarraban los bultos, tomaba las papayas, piñas, mangos y otras muchas. Les hacía cirugía con sus sucios guantes de atesoramientos y buscaba las partes menos dañadas para consumirlas. Así eran las rutinas entre todos sus días.
En lo referente a sus ropas debió haber sido algo parecido, en aquellas plazas abundan las personas que visitan los barrios, trayendo la ropa de los que partieron y vendiéndola en los mercados de la misma. Únicamente se arreglaba los martes que iba a visitar el altar de María Auxiliadora a la capilla de Sabaneta. Nunca supe como hacía para llegar hasta allí.
Para el descenso de su casa, que vivía en un barrio siempre alto, evitaba pagar pasajes caminando disque para mantenerse alejado de los triglicéridos, los cuales sin demora mantenía chequeándose, eso sí supe que los hacía en la congregación Mariana, puesto que eran donde más barato los hacían.
Sus hermanos lo visitaban con poca regularidad, aunque si sabían de sus rudimentarias técnicas de vida. Sus vecinos de sector en la galería le hablaban de mejorar su condición de vida, a lo que poco le importaba. Comían mejor los que descargaban pequeños bultitos en su puesto y con la utilidad de los mismos la pasaban mejor que éste. Que era un viejo adinerado.
Estando en su casa solitario, una noche sufrió unos ataques, vivía con una hermana mayor y casi parapléjica, fue imposible una atención instantánea ante ésta desgracia. Una noche en medio del sonido de la lluvia, nadie escuchó sus lamentos y empacó sus posesiones en el único cofre donde se encierra la soledad, la caja fría y Jerte del olvido.
Pocos gustitos de vida tuvo su corazoncito. Su corazón y el presidente Uribe fueron bastante parecidos, trabajar y trabajar eran sus lemas.
El día del entierro se escuchaban los rumores de sus compañeros de plaza. Fue un hombre bueno, a nadie le robaba, solo las ventajas del comercio que para bien o mal era algo diferente al que robaba aunque fuese algo parecido. Fue bastante guerrero como para atesorar tanta fortuna.
Posterior a su tierra vinieron las particiones y posesiones de lo dejado por el viejo Chepe. Eran tres hermanos todos ya de edades avanzadas, rodeados de siete sobrinos. Ese día muy puntual todos aparecieron, eran gentes de bien muy diferentes al finado. Atrás habían quedado todos sus recorridos envueltos entre miserias y agonías.
No importó una oración para el finado, y la hubo fue entre dientes aferrados al olvido.
Tantas luchas por vivir para entregarles los triunfos a seres que ni siquiera compartían con el él. Sus sobrinos derrocharon aquellas cosas que el viejo construyó con sus limitaciones. L a suerte del burro es distinta a la suerte del que lo enjalma.
Buscando entre sus haberes, las cuentas de algún banco nunca aparecieron, solamente algunos puñados de efectivo enrolados en su apestoso maletín, dispuestos a mantener la continuidad de sus días. Sobre la mesita de noche quedó servida su última comida que su hermana le había llevado la noche anterior. Nunca la vi como para decir si contenía frutas igual que sus almuerzos.
A un lado de la cama quedó tendido el cadáver del viejo chepe, al que los médicos que hicieron su levantamiento dictaminaron que había sido por infarto cardíaco. No sé que tiene que ver el infarto del corazón con los triglicéridos, de tanto caminar creo que no debería de sufrir de los triglicéridos ni de ningún problema coronario.
Después vine a saber que cuando los sobrinos se adueñaron de sus pertenencias, arrojaron a la calle en busca de que el camión de la basura se llevara sus ropas sucias al igual que su colchón donde dormía, pobre colchón nunca tuvo una mujer que recorriera sus espacios. Sólo los recicladores sí lo recorrieron, supe que los colchones viejos los abren los recicladores para hacer un talego gigante donde caben mucho reciclaje. Aquel colchón, dicen los rumores tenía un pequeño espacio que el mismo le había hecho y le había colocado un cierre, como si fuera su pequeño banco.
Hay estaban guardados sus dineros entre paquetitos de quinientos mil doblados con cauchitos de plástico. Nadie sabe cuantos paquetitos de medio millón. El señor de la basura no se volvió a aparecer en esos lados. Ojala ese si sepa que hacer con el dinero, lo que el viejo Chepe nunca supe para que servía la plata. Dios lo guarde bien lejos en su tumba.