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JORGEBETANCURZULUAGA


Fecha: 16-08-2010
Categoría: Amor
Autor: JORGEBETANCURZULUAGA
Lecturas: 1211
Estrellas: 21 estrellas


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Tras las garras de la muerte



 

TRAS LAS GARRAS DE LA MUERTE

A mis padres que sin saberlo

Pensaban que yo bajaba diariamente

A trabajar en una cafetería.

En mi casa y desde hacía algunos años, las dificultades financieras se vivían rutinariamente. Por eso desde muy niña estando en el colegio, mis compañeritas preguntaban sobre los sueños de todas nosotras y yo con la mirada un poco detenida en el pasado y con toda la claridad de mi presente; no respondía que doctora, enfermera, sicóloga, ingeniera o tecnóloga, sino ama de casa solamente.

Mis sueños de estudiar sí los tenía en verdad, pero sólo habitaban en mis lejanos sueños.

Aunque mi padre laboraba en oficios varios y ayudante de construcciones, carecía para darme una carrera en universidades privadas y yo sabía lo difícil que era ingresar a una institución oficial.

Luego llegaron mis quince años y con el esfuerzo de mis abuelos maternos pudimos hacer una sencilla fiesta, la cual después agradecí infinitamente. No hubo viajes, ni cruceros como si los hubo para mis compañeritas de clase. Pero aceptaba la realidad de mi vida sin buscar ninguna droga para evadirla y mucho menos aceptar la propuesta de un amigo que tenía para que nos fugáramos.

Mi madre mantenía haciendo cursos que el párroco anunciaba después de la misa, que sin falta cada ocho días la presenciábamos. Hizo cursos de peinado, maquillaje, corte, confección, country, piñatería, maniquí ur. y decoración de fiestas, solamente faltaba que arreglara ollas arroceras para terminar su curriculum. Amaba a mi madre por las ganas que le ponía a todos los obstáculos. Era bonita y conservada. Decían que de aquel árbol, tal astilla. “Desde niña era bastante agraciadita “decía mi abuela. Y el espejo lo reflejaba aunque yo lo callara en mis adentros.

Nunca faltaron pretendientes, pero hubo uno que fue el amor de mi vida, en verdad lo amé con todas las fuerzas de mi alma. Los otros si los hubo ignoro sus recuerdos.

Antes de cumplir los catorce años, lo distinguí saliendo de la iglesia una tarde como todas. Yo iba al lado de mi madre como siempre, él me miro como diciendo hablemos y yo caminé embelezada en busca de mi padre que nos esperaba con sus acostumbrados conos. Al rato él salió por un costado del parque y se sentó en un lugar donde mantenía abierta la mirada hacía nosotros. Luego partimos para nuestra casa y al voltear mis ojos vi que aún seguía mirándonos sin ocultar que nos perseguía.

A la semana siguiente me buscó a la salida del colegio ahuyentando su timidez y con la complicidad de una compañerita de mi clase, la que me llamó y nos presentó. Así transcurrieron los siguientes dos años, todo marchó dentro la calma y la cordialidad. Creo que llegué a enamorarme. Cuando lo veía sentía Cosquillitas que resbalaban en mis adentros y una paz que solo dan aquellos amores juveniles.

Y la puerta de mi casa sonaba anunciando el requerimiento de un peinado, o de una motilada, o de un arreglo de uñas o de otras tantas cosas.

Estando una noche en la tienda comprando el diario, se acercó un chico echándome los perros, invitándome a salir y diciendo que quería conocerme. Yo salí corriendo entre asustada y nerviosa, pero eran nervios de miedo, nunca de otra cosa. Las cosas siguieron como de costumbre sin hacerle caso a sus insinuaciones.

Lo que más me dolió fue una vez que Humberto subía conmigo de la mano y el mismo sujeto al vernos, lo desafió en medio de la calle, le dijo “lárgate gonorrea si te vuelvo a ver por aquí te mato”. Desde esa tarde no volví a saber de Humberto. Esa ausencia pesaba en mis años infantiles. El temor de los buenos es lo que acrecienta la fortaleza de los malos.

A partir de ese momento quedé desennoviada. Pasaba el tiempo entre cuadernos y trabajos del colegio. No volví a saber nada de Humberto, igual ni él quería saber de mí creo yo.

Terminé mi secundaria sin estar mi nombre inscrito en las listas de los aceptados para ninguna de las universidades o tecnológicos. El padre anunciaba cursos que no quería o no me animaba ha realizarlos. De mirar tanto a mi madre ya había aprendido mucho.

Empezaron a desfilar las hojas de vida por todos los rincones de mi ciudad, camarera, recepcionista, ayudante de guardería, secretaria, empacadora de sueños y tantos otros que bordean mi memoria.

Cansada de tanto sacar fotos para mis abundantes solicitudes, decidí aceptar la invitación de una amiga para trabajar en un bar “solo te sientas y charlas con el cliente “ me decía.

Pensaba en lo que debía decirle a mis padres, pero todo estaba preparado, si eso ocurre le dices “voy a trabajar en una panadería que cierra a las diez de la noche” sin más enredos me decía. “Y si llega a entrar mi novio que le digo “, le preguntaba, a lo cual me decía “si eso ocurre para que se perdió usted mijito” debía responderle.

Al fin y al cabo el diablo es diablo y así pasaron las cosas, mi madre feliz de saber que laboraba en una panadería aunque no le llevara rollos, pasteles, panes y peras que tanto le gustaban, atinaba a decirle que si el dueño me veía con parva para la casa me suspendía. Con mi padre pasaba una cosa similar, me preguntaba por el lugar de la panadería, que si era seguro, que si no había ladrones y la respuesta mía era que los mismos ladrones de mi barrio, rondaban por todos los negocios y para mí ya eran conocidos y por eso me respetaban; así quedaba más tranquilo mi pobre padre.

En casa ayudaba para el pago de los servicios, varias veces tuvimos que quedarnos sin el agua y sin la luz porque la mochaban las empresas.

Desde los primeros días en aquel bar los miedos me perseguían, pensaba en ver entrar allí a mi padre o a un vecino que me reconociera, o algo parecido. A mi novio que había emprendido vuelo aunque forzado. Así pasaban las tardes en el bar, ingresaba a las cuatro y salía a las diez de la noche. Llevando en mi estómago la huella de algunas claritas que aprendía a disimular con sodas, alkacelceres y algunos chicles para aminorar su aliento. El colectivo lo tomaba a pocas cuadras de la famosa cafetería.

Entre hombres de oficinas, vendedores y vividores de calle pasaba las horas en dicho negocio. Las gentes pasaban afanosas en busca del trasporte que las guiaría a sus casas, otras seguían el rumbo de la noche buscando compañías para huirle a su mundo de soledades. Muchos hombres ingresaban y al son de la música y una que otra cerveza se relajaban con la presencia de nosotras las que con poco interés los escuchábamos.

Una tarde, llegó un señor y se dirigió hasta el orinal como era la costumbre de casi todos los clientes, se sentó en una mesa aledaña a donde yo estaba y pidió una cerveza como siempre. Debía tener unos cuarenta años, la edad de mi padre, era alto y delgado, de buenos rasgos, en verdad llamaba la atención. Los hombres maduros brindan más seguridad que los pelaos quienes solamente buscan la aventura, pican, montan y vuelan como los gallos, es lo que hace la mayoría, pensaba para mis adentros. Yo mantenía bien arregladita, pues la platica aunque algo escasa ya me acompañaba, compraba bluyines apretados que marcaran mis glúteos y blusas con escotes que resaltaran mis pechos, me sentía una diosa, cautivaba muchas miradas y eso en verdad me daba miedo por los problemas que se pudieran generar con mis compañeras del bar.

Ese señor después de algunos minutos me pidió que lo acompañara en su mesa a lo que accedí sin reparo. Después de algunas cervezas y entre el humo de algunos cigarros, conocí algunas situaciones de su vida, las cuales esbozaba con pelos y señales. Hablaba de una esposa infiel que había descubierto, entre la soledad de sus días y de la ausencia de sus dos pequeños hijos que seguían al lado de la madre. Decía que jamás podría perdonarle aunque mucho la quisiera.

Entre muchas entradas de aquel señor al bar, terminé por conocer más cosas de su vida. Aprendí a conocer su mirada y los rasgos de su cara cuando intentaba escapar alguna mentirilla. Era de los pocos clientes con los cuales me quería sentar a escuchar sus historias sin sentirme comprometida a escucharlos.

Yo a la moda como siempre seguía las tardes y las noches en dicho negocio. Cuando algún dinerito me faltara, hay estaban las propinas y en el peor de los casos, estaban siempre los paga diarios que nunca se ausentaban de aquellos lugares.

Ese señor, de nombre Juan seguía frecuentando el bar y siempre me invitaba a su mesa. Yo entre muchos otros que también se ganaban mis miradas, atendía sus llamados.

A veces entre una salsa o vallenato, salíamos a bailar con los clientes que estuvieran consumiendo, si estábamos acompañados ya era por si queríamos. En cada visita traía uno que otro regalo, en verdad me mostraba su interés o admiración.

Una tarde llegó un joven y me llamó al sentarse con su cerveza. Dijo su nombre, aunque no lo recuerdo. Sin más preámbulos me ofreció unos buenos dineros por echarle entre la copa al señor que habitualmente me frecuentaba y que logré entender que era Juan, el señor que sufrió las infidelidades. Según éste joven, era solo escopo lamina para el aprovechar y vaciar sus cuentas que buenas las tenía, manifestaba.

Bajo todo principio nunca acepté dichas actuaciones. Pero tras su insistencia pensé en mis adentros aceptar su solicitud siempre y cuando él se quedara allí sentado en ese bar, para tener la seguridad de no meterme en algún problema posteriormente.

Todo lo dejé callado, manejándolo únicamente en mis pensamientos, a nadie comenté nada. La mejor amiga es el silencio. La tarde convenida, me entrego su dicha burundanga en una bolsa pequeña, la cual contenía un polvo diminuto de color blanco el cual era bastante peligroso. Y o ya tenía todo preparado en mi cabeza. Sabía la forma como suministrarlo, mezclado con la cerveza no se veía su alteración, esto era bastante delicado. Más tarde, como a los cuarenta minutos llegó el señor Juan con una bolsa donde me traía una chaqueta de regalo. Estaba nerviosa, traté de aminorar mi ansiedad con una primer clarita, a la cual había sido invitada.

Entre ritmos de vallenatos se movía la tarde y mis pies transmitían la agonía de mis nervios. Entre el primer descuido de aquel joven, me paré a recoger envases que en ocasiones lo hacía; aprovechando que estaba bailando con alguna de las chicas, le mezclé el contenido de la bolsa rápidamente en su vaso sin pretender ser observada entre la multitud. Regresé a la barra con las botellas vacías y di la ronda esperando que terminara el vallenato, esperando que ese señor se tomara todo su contenido. Trataba de sentirme segura aunque mis manos se movieran entre seguidos temblores, creo que Juan ya lo estaba notando.

Pasaron pocos minutos, mientras el joven cayó desplomado ante todos los presentes. Entre algunas personas y el portero lo subieron a un taxi. Pero ya era tarde, había fallecido. No era escopo lamina lo que contenía su vaso, era cianuro, un veneno muy fuerte. Pobre Juan lo que pensaban hacerle, de la que se había escapado. Esa noche el bar fue cerrado y yo entre la confusión de todos mis miedos no quise volver a pisar aquellos rincones. El señor Juan a pesar haber regresado intentó por varias maneras de saber de mí. Una compañera del bar, me preguntó que si podía darle mi dirección a ese señor que insistentemente me buscaba; le dije que sí aunque con algún recelo y al otro día recibí su visita. Sonó el pito de su camioneta, salieron asustados los pelaos de mi cuadra pensando que era la policía. Me contó el dolor de esposa por la muerte de su enamorado. No sabía que ese era el causante de su separación. Tocó contarle todas las verdades. Valoró demasiado mi actitud y agradeció por haberlo salvado de las garras de la muerte. Su mujer y el compañero todo lo habían planeado para quedasen con sus bienes. Y cobrar un seguro de vida.

Desde esa tarde hemos sido los mejores amigos y tenemos planes para irnos a vivir juntos. Aunque quisiera regresar al bar, Juan dice que no me deja. Con saber que lo logré alejarlo de la muerte, se mantiene bastante agradecida conmigo.

Mis padres a pesar de doblar mi edad, han llegado a quererlo tal vez igual o más que mi primer novio. ..

Jorge Betancur Zuluaga agosto 16 2010


Autor/a: JORGEBETANCURZULUAGA




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