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Las puertas del infierno
Dedicado a todos aquellos que como yo
Hemos transitado por los caminos de las drogas.
Una madrugada al llegar a casa como de costumbre, sentí que la llave no servía, e intenté desesperado pero no pude abrir el cerrillo. Toque el timbre, eran las dos de la madrugada, salió mi padre tembloroso de la ira, corrió un poco la ventana, levantó la cortina y al verme se entró a llorar frente a mis ojos con mi madre a su lado.
Dijo: Que con las fuerzas que carecía y con las ganas que me hiciera hombre de bien, se veía en la obligación de echarme de su casa. Hasta el día que regresara con la intención de abandonar las drogas y con la realidad de ser un hombre diferente.
En Los ojos d e mi madre se reflejaba también el sufrimiento, ya eran muchos sus desgastes. Con inmenso dolor y en medio de una escena inmensamente triste, recibí una maleta en la que se guardaban algunas de mis pocas pertenencias. No querían ser testigos de todas mis desgracias. Así salí entre la neblina mañanera, ahuyentado de un hogar que ya no soportaba mis realidades y había convertido mi vida en un infierno durante sus últimos años.
Fueron muchos sus consejos, fueron muchas sus intenciones de verme alejado de las drogas, pero es que existe una fuerza que tuerce todas nuestras libertades, somos seres dependientes de otras realidades. Y cuando nos golpean los recuerdos, evadimos el presente con el humo embriagador de esa hierba que reseca nuestras mentes. Hoy reconozco que el drogadicto escapa de la realidad, pero cae a un mundo donde entrega el alma a sus demonios.
Mi vida de colegio fue igual a la de muchos, ingresé a las drogas con la complicidad de los amigos. La primera vez que la probé, sentí una calma que rara vez podía sentir, era el silencio de una agonía, era una paz para mi mente un poco perturbada. Vencía mi timidez y sentía esa tranquilidad que a veces se escabullía. Lo que no notaba era al lugar encadenado hacía donde me llevaba.
Mis padres eran sumamente buenos conmigo, en casa nada me faltaba. Empezaron a perderse objetos en casa, toda billetera la esculcaba, todas las buenas amistades se perdían. Mi novia notaba cosas extrañas que me acontecían, me volvía nervioso e inseguro cuando no tenía mis armados. Ella trató de que cambiara, pero fueron más las fuerzas malditas del humo traicionero. La tomaba entre mis dedos y ahogaba mis pulmones con su humo embriagante. Esa era mi vida, una realidad ausente dentro de un mundo de frías presencias.
Herí sin querer a los seres más bellos que habitaron en mis días. La puerta de mi casa, quedó cerrada hasta que tuviera la fortaleza de cambiar mi vida y esa misión la creía imposible. Cursaba mi segundo año en la universidad y pesaban más los moños de marihuana, que los libros de los mejores tratadistas. Y sin dinero no hay baile y sin el apoyo de mi padre tocó abandonar todos mis perturbados proyectos académicos, para llegar así a hacer un nuevo estudiante del mundo universal de la calle. Un mundo difícil y duro de llevar. Cambiando todo lo bello de mi casa mano a mano, por la dura calle, donde la vida a toda hora se enfrenta de lleno con la sucia y asquerosa muerte.
Los amigos en una situación como la mía ya no existían, dieron la espalda los poco o muchos que tenía. No lo sé, quizás no lo recuerdo. Se incrementaron más los demonios, fueron más las noches envueltas en el humo perturbarte. Vendí los pocos libros que me quedaban, mis mejores prendas, los mejores zapatos que tenía. Llegué al punto de caminar solo y descalzo entre las calles. De dormir tirado en los andenes al lado de las más sucias porquerías.
Siendo el dueño y amo de todos mis actos, enajene mi libertad a un mundo sucio que absorbió los años de mi adolescencia y juventud.
Una noche logrando alejarme de los demonios de mi mente, ahuyentado de la realidad que lentamente dominaba mis escasos sentidos y neuronas. Me metí entre un camión que aguardaba su amo en un parqueadero como tantos donde dormía. Y al otro día desperté en una ciudad que yo en mis adentros desconocía.
Entre mi sucia vida que tocaba fondo. Comiendo porquerías y sobrados como habitante de tantas porquerizas. Frente al paso de miradas maquiavélicas que en cada rincón escribían los desprecios. Pidiendo limosnas a miradas escondidas, cargando baratijas, al igual que cargaba la cruz de mis desgracias. Corriéndole a puñales que en delirios me seguían. Dedicado a metaliar, yo un estudiante disque de metalurgia, cargando costales con vidrios y papeles recuperables, plástico y cartones, los mismos que pasaban por mis días como el mismo humo que ingresaba a las neblinosas entrañas de mis pulmones.
Pero así es la vida, receptora de nuestras propias siembras, cosechera de nuestras vivencias. Podadora de nuestras desgracias. Es duro crecer cuando vivimos de la mano con la muerte, tanto dolor, tanta agonía rellena entre un cigarro y con la fuerza de jalar nuestras propias libertades.
Había tocado fondo desde hacía muchos momentos lo aseguro. Tantas cosas que habrían acontecido y yo alejado de las mejores verdades. A que volver donde todo lo perdimos. Tenía la ilusión de regresar pero me doblegaban las fuerzas los cigarros enfermizos.
Entre un potrero, bajo unos árboles tenía mi cambuche, pequeñas cosas que se guardan entre la guerra de la vida, algunos plásticos para el frío, algún metal puntado para desafiar la muerte, una manta sucia para una vida asquerosa. Y entre mis escasas pertenencias, una cedula forrada entre una bolsa negra como esperando la llegada de los gallinazos por mi sucia porquería.
Mientras tenemos sueños nos aferramos a la vida, cuando abandonamos las ganas de vivir nos entregamos sin contraprestaciones a las garras afiladas de la muerte.
En una ocasión y sintiendo en sus ojos la compasión de un visitante, que se acercó con cautela a los límites de mi habitáculo. Sentí dolor en su mirada y pude saber lo que significaba la palabra compasión, se llamaba Julio, es lo único que recuerdo. Ese señor, padre de algunos hijos, alguno de mi edad lo expresó en medio de su charla y diálogo rehabilitante. Intentaba regresar mi carruaje por las mejores autopistas, de las nunca debí descarrilarme.
Con la imagen de mi agotada agenda, la puso a circular por varios periódicos, anunciando mi nombre y apellidos, así como buscando algún contacto por medio de sus teléfonos ahí publicados. Yo no supe de sus anuncios, nunca me lo dijo. Mas si supe de la fotografía a la misma que esquivaba. Nunca tuve clara su foto, igual que pocas veces tenía clara la realidad de mi vida entrada ya en tantas desgracias.
No más dos días después de la publicación en los periódicos, el señor Julio tuvo sus contactos. Al tercer día posterior a ese encuentro, subí como de costumbre buscando la guarida, con el hambre cabalgando entre mis vías digestivas, con el crujir de mis tripas un poco desgastadas y en una bolsa negra pedazos de huesos visitados que había recuperado de un asadero que desde hacía varios días visitaba.
Esa tercera noche, con la única cobija que suministraba mi costal de periódicos, bajo la presencia maldita de la hierba que como garrapata me acompañaba. Exhalando e inhalando, más que un puñado de todas mis desgracias, se aproximó mi madre como entre una alucinación de todas aquellas que sufría. Y acudí al llamado de su voz que dormitaba en mis sentidos. Al verla se abalanzó sobre mí sin importar mi harapienta humanidad y supe el verdadero amor de una madre. Atrás estaba mi padre acompañado de mi hermano, uniendo las manos del perdón para un hijo descarriado. En un abrazo profundo recibí el perdón y la fortaleza para alejarme de los vicios. Ese fue el primer paso. Luego vendrían los siguientes.
Con la paciencia del que espera, con el amor del que perdona y ellos querían saber mis nuevas intenciones, conocían mi problema desde antaño, sabían de la fuerza inclemente de la hierba. Como también sabían de la desintoxicación y la forma de eliminar todas aquellas toxinas recolectadas en tantos años de consumo. No iba a ser fácil, ellos lo sabían. Pero tenía las ganas da abandonar ese infierno, solo me faltaba la ayuda de una mano amiga que guiara mi camino. Las mismas manos que había rechazado en otras épocas.
Luego de llegar a la casa de mis padres con ropas nuevas igual que mis intenciones. Comencé mi rehabilitación en un centro de apoyo terapéutico, donde éste sábado cumplo los tres primeros meses de ayuno y total abstinencia. Me sobran las ganas, tengo el acompañamiento del equipo interdisciplinario y lo más importante tengo el apoyo de mi familia. La que me rescató del fondo de mis tormentosos males.
Hoy es un día de visitas vendrá mi familia como siempre, pero he podido conciliar el sueño fácilmente sin acudir a drogas ni calmantes. Los mareos que tuve antes desde que abandoné las drogas, eran causa del síndrome de abstinencia según me dicen los terapeutas. Espero que esto pasa bien para poder llegar a casa, ya ni fumo cigarrillo con la ayuda de ellos. Mi dieta ha cambiado por frutas, verduras y mucha disciplina. Quiero que mis padres pasen los últimos días de sus vidas viéndome cambiado y con las ganas de escribir otros futuros, de los que nunca debí alejarme.
Miro la vida desde ésta ventana, donde sopla el viento fresco de la tarde. Donde éste verde que invade las montañas, trae el viento fresco que invade mis pulmones.
A todos los que han hecho cosas buenas por mí, los amaré por siempre.
A todos aquellos que herí sin querer, que Dios me perdone por haberlos defraudado.
A mis hermanos por el mal ejemplo que les dí. ….
Los amaré a todos por siempre….
Jorge Betancur Zuluaga agosto 15 2010