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JORGEBETANCURZULUAGA


Fecha: 14-08-2010
Categoría: Historias
Autor: JORGEBETANCURZULUAGA
Lecturas: 1407
Estrellas: 29 estrellas


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Cuatro padres para gloria



Habíamos salido entre  el silencio de la noche  al encuentro  con el  amor,  sin cumplir   requisitos  ni ataduras de ninguna iglesia. Solo bastó el sí del corazón y bajo esa premisa se rigió  por muchos años  nuestra convivencia. Hubo respeto desde el inicio, sabía de mis derechos  al igual que sabía de  mis deberes.  Cuando partimos en el tren que marcaría nuestro destino,  soñaba ser el ejemplo de mi padre, forjador de  tantas luchas y   de historias.

 

La mujer para mí era signo de respeto y gallardía, era un compromiso con mi madre y mis hermanas. Me hubiera dolido ver sufrir a una de mis hermanas por  el maltrato de sus esposos.

 

En dos maletas viejas  de colores desteñidos, empacamos nuestros sueños. Y la tarde corría en busca de la noche, y la noche lejana esperaba  el encuentro mágico,  donde firmaríamos el pacto de amor con la huella eterna de nuestra  presencia.

 

 En cada estación del tren explorábamos  la ilusión de detenernos. Los vagones se movían con la misma  prisa que se movían nuestros sueños.   En cada  estación algunos lugareños salían  al encuentro de sus  seres queridos, otros los despedían.  Unos lloraban con las partidas, otros se alegraban con las llegadas.  Algunos vendedores  sacaban  cacharros y otras  mercancías. Algunas señoras arrimaban a vender  variados comestibles.

 

 La máquina del tren rugía y  su  vaivén   agitaba   el espeso chocolate que  dibujaba su rostro entre mis labios.

 

Entre el ruido del mar y la presencia lejana  de una  luna que nos  miraba  detuvimos la marcha para darle   continuidad a una realidad que  lentamente  mostraba su  presencia. Las palmeras preñadas desgranaban  sus frutos,  mientras algunas  cerdas corrían por la playa   con sus crías  y los cangrejos corrían a sus madrigueras,     igual que  corría la mañana.  Los pescadores llegaban entre el  silencio mañanero y velozmente se abalanzaban  los lugareños a mirar el  tamaño y la  cantidad de sus peces. Casi sin llegar y ya el puerto me estaba amañando.

 

La mañana del segundo día en el puerto, con los ahorros que había llevado fruto de la venta de algunas vacas, pude  conseguir  un equipo para mi futuro taller de latonería y pintura. Así como también logré conseguir  el local para realizar dichos trabajos. Era grande,  lo que permitía utilizarlo  también como parqueadero y como vivienda en la parte de  encima, en la parte más alta.  Fue duro  acreditarme como  pintor y latonero. Inicié  dándole  acabado a algunas bicicletas, las  que fueron anunciando mi llegada al puerto. Cada buen trabajo trae consigo  muchos otros.

Cada letra formará la palabra y cada palabra forjará la historia de nuestros días.

 

El mar   lo mirábamos  sentados en los troncos que traía la marea.  Nuestros pasos asustaban  el devenir  de los cangrejos, que al vernos  buscaban  sus guaridas. Las olas del mar  lentamente mojaban  nuestros pies y mis labios humedecidos  mantenían la calma que escriben los amores. El amor es como el mar, un sentimiento que fluye entre la prisa y la calma. Entre la brisa fresca y entre el deseo lujurioso.

 

Entre  tantas distancias, mantenía  los recuerdos colgados en la pared. Había  cuadros con las fotos de mi familia y la  de mi amada. No la tenía por mí, sino por ella.

Como no era hacendado nunca fui  de su agrado. Nunca quisieron verme a su lado, Querían alguien con  dinero  y yo no lo  tenía.  Me había graduado de  aprendiz de latonero con el único diploma que dan  las ganas de ser hombre.  Y estos conocimientos querían  que me llevaran por los mejores caminos de la vida.

Atrás quedaron escritas muchas historias, cada recuerdo era una lágrima, cada esquina una palabra,  en  cada   hombre  veía  la mirada de mi abuelo.  Entre  todos los hombres  se escriben los respetos y las sanas convivencias.  Cada dolor engendra una lágrima, cada lágrima debe  engendrar en su vientre la palabra  compromiso.  Nunca quise un lugar para el sufrimiento. Las tardes frente al mar, traían   la paz que esconden las montañas.  En cada  sombra  se  disfrazaban las miradas, mientras en  el mar no se pueden escribir las sombras porque se ahogan.

 

Fueron llegando muchos trabajos de pintura, así también como de latonería. Lo que no llegaron fueron los hijos, sin embargo a mi amada  cada día más la quería. Aunque  ella pensaba que con los hijos se atan a los hombres.  Nadie se ata con un hijo. Por  eso los perros solo  tienen las  cadenas  de sus amos.

Cada gota de agua que bajaba cabalgando  entre los ríos, descendía de las tierras de mis ancestros y eso me  fortalecía.  Ese mar  salado que  al mojarme, también mojaba mis ancestros.

 

Yo continuaba desterrando  el óxido, pintando ilusiones y  esperanzas. Estas eran  mis faenas  cotidianas. Mientras tanto no veía mi retoño y eso  pesaba en  mis pensamientos. Fueron muchas las visitas a  especialistas en fertilidad. Hasta fuimos donde magos y hechiceros en busca de  ese  ser que   felizmente queríamos  tener y no llegaba.

 La vida  guarda sus secretos y yo preguntaba  por el mío. Así transcurrieron los primeros  cuatro años de nuestra  relación.

 

En cada rincón del puerto, se veían las huellas de mis manos. Era conocido como el señor  de las  soldaduras.  Toda fractura de metal yo la curaba. Toda  metálica debilidad  la subsanaba. Lo que no podía subsanar  eran las debilidades maternales de mi amada.

Una mañana, el sonar de las hojas de las palmeras presagiaban el agite de los mares. Las aguas se echaban para atrás como cogiendo impulso, porque toda calma trae su agite así como todo agite trae  su calma.

 

Todos los días como de costumbre, bajaba en la mañana por los plátanos para los patacones y el pescado para el día, en mi bicicleta paletera. Cuando estaba subiendo cerca de los límites de mi taller, me levantó el tsunami que despertaba su furia.

 

  Y las aguas cubrieron las costas con su  imponencia.  Las casas más próximas a la zona costera quedaron  destruidas, el agua lo que no levantó fue porque se lo llevó. Hasta el local donde laboraba se  llenó de palos y de escombros. Como mi casa estaba por la parte de encima   no fue mucho lo que  sufrió. Solo unos carros se inundaron, los mismos que mermaron la fuerza de las aguas. Los hoteles quedaron destruidos  igual  que el hospital y el cementerio. Hasta los muertos tuvieron su segunda sepultura.

 

 Toda la violencia convertida en furia. El mar  reclamaba  la  posesión de sus orillas arrebatadas por generaciones y generaciones. Lo más lindo de todas las desgracias y siendo para mí contradictorias las había traído el maldito  tsunami,  me devolví en mi paletera a socorrer a todo aquel que pudiera.  Logrando rescatar de las aguas a una linda niña fuente de todas mis  inspiraciones. No Quise entregarla a ninguna entidad del gobierno, porque para mí  no era ni robo, ni  fruto de artimañas.  Era un pacto de  furia  con el mar. Era la fuerza del mar que  paría frente a mi presencia y  reventó su  fuente frente a  nuestras miradas  impotentes. Dando los mejores frutos que todavía conservo.

El pueblo se llenó de ambulancias y sirenas, helicópteros que sobrevolaban las playas  desoladas. El gobierno como siempre dándole apoyo prioritario a los turistas y  de último a los damnificados costeros.  Estuve preocupado en el inicio del agite por el bienestar de mi mujer, aunque midiendo las fuerzas de las aguas,  pensaba que hasta allí no llegarían.  Varios barcos pesqueros quedaron  diseminados por los alrededores del parque y la cancha de fútbol. El mar los levantó como botellas.

 

 Corrí veloz con el parto del mar  entre mis manos en busca de mi amada, no podía creer en tanta felicidad en medio de todas  las desgracias para con mis  vecinos y hermanos de  calamidad.  La niña  tenía más o menos sus dos añitos, lloraba desconsolada.  Pronunciaba extrañas palabras, tenía el idioma de los mares. Al llegar a mi   casa se abalanzó mi mujer, feliz de saber que aún  estaba vivo. Entré veloz con mi pequeña para mostrarle a mi mujer el fruto de los mares.

 

Había hecho un pacto con ella, que si aparecía la madre de nuestro pequeño regalo  la íbamos a entregar porque no éramos ladrones.  Recorrí los sitios de  las  unidades de apoyo buscando sus padres, pero nada pude encontrar. Aunque en mi mente quería el no encontrarlos de verdad. Tanta tristeza en medio de éstas tragedias, tanto dolor en el alma de los padres de mi  pequeña.   Tanta alegría reflejada en su tierno cuerpecito. Le dimos los  mejores amores y las más blancas enseñanzas. Nunca hubo violencia frente a mi pequeña. Como ya venía con la bendición de los mares le colocamos el nombre de gloria, que igual quería decir alabanza.

 

No le dimos más de lo que necesitaba, tampoco menos de lo que requería.  Pero recibió lo más importante, las enseñanzas  del amor  y de la unión en los lazos que encierran el núcleo de su sangre.

 

No tuvo carreras en ciudades importantes, el único posgrado que tuvo fue el del amor que le dimos a mi pequeña. Pero se educo con valores  y  ejemplos  de respeto y tolerancia. Aprendió a querer todo lo se tiene, sin pretender poseer todo aquello que se quiere con las fuerzas desmedidas. Aprendió a tener la libertad con la capacidad de manejar  los límites del quiero, puedo, debo y hago. Aprendió que las modas son las voluntades ajenas. Aprendió que las libertades nos conducen a las  enajenaciones ajenas.

Aprendió que en las esquinas se derrumban las mentes de los hombres.

Aprendió que el tiempo perdido no se recicla.

 

Aprendió a trabajar como su padre, no en lo mismo, pero si en algo que fuese de su agrado.  A unos pasos de la playa  más arriba que de costumbre y  con las  experiencias del pasado, se  levantó un  hospedaje y como el dueño era   uno de mis clientes, confió en las capacidades de mi hija, al igual que confiaba en mis propias capacidades. Allí en éste hospedaje mi  hermosa Gloria, esperaba  la visita de los mares que habrían de traer  las huellas de su sangre  igual cono descendían de las montañas mi propias huellas.

 

Una madrugada como siempre,  comprando los mismos plátanos, las mismas yucas y los mismos pescados, me encontré  en la playa con unos forasteros, con los mismos  rasgos fisiológicos de mi Gloria. El señor estaba tomando unas fotografías  y me pidió el favor  de disparar su cámara sin importar que poco supiera de fotografía.  En inmediatos segundos estaba hablando de sus recuerdos que eran mis propias presencias.  Sus palabras llegaron a mi alma como otro  tsunami. Eran ellos los padres de Gloria. No podía ausentar el encuentro de mi hija con sus  verdaderos padres. Veinte años habían pasado desde aquella triste furia marina. Los mismos veinte dos que cumplía  Gloria. 

Nunca le dije la verdad, por temor a perderla, fue un error lo reconozco. Temía que le dijera “recogida”.

 

Ella no sabía que en su propio hospedaje se encontraban sus padres.

Inmediatamente y sin dudarlo,  les conté los pormenores de la  fatal historia, les  conté con  pelos  y con muchas señales las situaciones que habían llegado con la perdida para ellos  y el encuentro  nuestro con  la  niña.

 

Allí en el hospedaje y sin tener nada preparado, reunimos las verdades en busca de las mejores decisiones para que  todo quedara esclarecido, era mucho el dolor para los verdaderos padres de mi hija, el más bello amor de todas las costas.

 

Gloria después  de mucho llorar y controvertir,  tomó sus mejores decisiones. Dijo en un tono bastante  apesadumbrado, que era la chica más feliz de toda la comarca, que tenía cuatro hermosos padres. Que para ella no existía la palabra ingratitud. Amaba a sus verdaderos padres, pero con las mismas fuerzas nos amaba también a nosotros sus padres adoptivos. No  hubo  rencores. Solo hubo algunos silencios y muchas, pero muchas lágrimas. Hoy  unimos las fuerzas de sus cuatro padres, para continuar el camino de la Gloria de los mares.

 

A veces vienen ellos a visitarla, otras veces  Gloria viaja a los Estados Unidos a casa de sus verdaderos padres.  Nos ama tanto como nosotros a ella. Se siente afortunada de tener cuatro padres.

 

 

 

 

Jorge Betancur Z.        agosto   15     2010


Autor/a: JORGEBETANCURZULUAGA




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