Habíamos salido entre el silencio de la noche al encuentro con el amor, sin cumplir requisitos ni ataduras de ninguna iglesia. Solo bastó el sí del corazón y bajo esa premisa se rigió por muchos años nuestra convivencia. Hubo respeto desde el inicio, sabía de mis derechos al igual que sabía de mis deberes. Cuando partimos en el tren que marcaría nuestro destino, soñaba ser el ejemplo de mi padre, forjador de tantas luchas y de historias.
La mujer para mí era signo de respeto y gallardía, era un compromiso con mi madre y mis hermanas. Me hubiera dolido ver sufrir a una de mis hermanas por el maltrato de sus esposos.
En dos maletas viejas de colores desteñidos, empacamos nuestros sueños. Y la tarde corría en busca de la noche, y la noche lejana esperaba el encuentro mágico, donde firmaríamos el pacto de amor con la huella eterna de nuestra presencia.
En cada estación del tren explorábamos la ilusión de detenernos. Los vagones se movían con la misma prisa que se movían nuestros sueños. En cada estación algunos lugareños salían al encuentro de sus seres queridos, otros los despedían. Unos lloraban con las partidas, otros se alegraban con las llegadas. Algunos vendedores sacaban cacharros y otras mercancías. Algunas señoras arrimaban a vender variados comestibles.
La máquina del tren rugía y su vaivén agitaba el espeso chocolate que dibujaba su rostro entre mis labios.
Entre el ruido del mar y la presencia lejana de una luna que nos miraba detuvimos la marcha para darle continuidad a una realidad que lentamente mostraba su presencia. Las palmeras preñadas desgranaban sus frutos, mientras algunas cerdas corrían por la playa con sus crías y los cangrejos corrían a sus madrigueras, igual que corría la mañana. Los pescadores llegaban entre el silencio mañanero y velozmente se abalanzaban los lugareños a mirar el tamaño y la cantidad de sus peces. Casi sin llegar y ya el puerto me estaba amañando.
La mañana del segundo día en el puerto, con los ahorros que había llevado fruto de la venta de algunas vacas, pude conseguir un equipo para mi futuro taller de latonería y pintura. Así como también logré conseguir el local para realizar dichos trabajos. Era grande, lo que permitía utilizarlo también como parqueadero y como vivienda en la parte de encima, en la parte más alta. Fue duro acreditarme como pintor y latonero. Inicié dándole acabado a algunas bicicletas, las que fueron anunciando mi llegada al puerto. Cada buen trabajo trae consigo muchos otros.
Cada letra formará la palabra y cada palabra forjará la historia de nuestros días.
El mar lo mirábamos sentados en los troncos que traía la marea. Nuestros pasos asustaban el devenir de los cangrejos, que al vernos buscaban sus guaridas. Las olas del mar lentamente mojaban nuestros pies y mis labios humedecidos mantenían la calma que escriben los amores. El amor es como el mar, un sentimiento que fluye entre la prisa y la calma. Entre la brisa fresca y entre el deseo lujurioso.
Entre tantas distancias, mantenía los recuerdos colgados en la pared. Había cuadros con las fotos de mi familia y la de mi amada. No la tenía por mí, sino por ella.
Como no era hacendado nunca fui de su agrado. Nunca quisieron verme a su lado, Querían alguien con dinero y yo no lo tenía. Me había graduado de aprendiz de latonero con el único diploma que dan las ganas de ser hombre. Y estos conocimientos querían que me llevaran por los mejores caminos de la vida.
Atrás quedaron escritas muchas historias, cada recuerdo era una lágrima, cada esquina una palabra, en cada hombre veía la mirada de mi abuelo. Entre todos los hombres se escriben los respetos y las sanas convivencias. Cada dolor engendra una lágrima, cada lágrima debe engendrar en su vientre la palabra compromiso. Nunca quise un lugar para el sufrimiento. Las tardes frente al mar, traían la paz que esconden las montañas. En cada sombra se disfrazaban las miradas, mientras en el mar no se pueden escribir las sombras porque se ahogan.
Fueron llegando muchos trabajos de pintura, así también como de latonería. Lo que no llegaron fueron los hijos, sin embargo a mi amada cada día más la quería. Aunque ella pensaba que con los hijos se atan a los hombres. Nadie se ata con un hijo. Por eso los perros solo tienen las cadenas de sus amos.
Cada gota de agua que bajaba cabalgando entre los ríos, descendía de las tierras de mis ancestros y eso me fortalecía. Ese mar salado que al mojarme, también mojaba mis ancestros.
Yo continuaba desterrando el óxido, pintando ilusiones y esperanzas. Estas eran mis faenas cotidianas. Mientras tanto no veía mi retoño y eso pesaba en mis pensamientos. Fueron muchas las visitas a especialistas en fertilidad. Hasta fuimos donde magos y hechiceros en busca de ese ser que felizmente queríamos tener y no llegaba.
La vida guarda sus secretos y yo preguntaba por el mío. Así transcurrieron los primeros cuatro años de nuestra relación.
En cada rincón del puerto, se veían las huellas de mis manos. Era conocido como el señor de las soldaduras. Toda fractura de metal yo la curaba. Toda metálica debilidad la subsanaba. Lo que no podía subsanar eran las debilidades maternales de mi amada.
Una mañana, el sonar de las hojas de las palmeras presagiaban el agite de los mares. Las aguas se echaban para atrás como cogiendo impulso, porque toda calma trae su agite así como todo agite trae su calma.
Todos los días como de costumbre, bajaba en la mañana por los plátanos para los patacones y el pescado para el día, en mi bicicleta paletera. Cuando estaba subiendo cerca de los límites de mi taller, me levantó el tsunami que despertaba su furia.
Y las aguas cubrieron las costas con su imponencia. Las casas más próximas a la zona costera quedaron destruidas, el agua lo que no levantó fue porque se lo llevó. Hasta el local donde laboraba se llenó de palos y de escombros. Como mi casa estaba por la parte de encima no fue mucho lo que sufrió. Solo unos carros se inundaron, los mismos que mermaron la fuerza de las aguas. Los hoteles quedaron destruidos igual que el hospital y el cementerio. Hasta los muertos tuvieron su segunda sepultura.
Toda la violencia convertida en furia. El mar reclamaba la posesión de sus orillas arrebatadas por generaciones y generaciones. Lo más lindo de todas las desgracias y siendo para mí contradictorias las había traído el maldito tsunami, me devolví en mi paletera a socorrer a todo aquel que pudiera. Logrando rescatar de las aguas a una linda niña fuente de todas mis inspiraciones. No Quise entregarla a ninguna entidad del gobierno, porque para mí no era ni robo, ni fruto de artimañas. Era un pacto de furia con el mar. Era la fuerza del mar que paría frente a mi presencia y reventó su fuente frente a nuestras miradas impotentes. Dando los mejores frutos que todavía conservo.
El pueblo se llenó de ambulancias y sirenas, helicópteros que sobrevolaban las playas desoladas. El gobierno como siempre dándole apoyo prioritario a los turistas y de último a los damnificados costeros. Estuve preocupado en el inicio del agite por el bienestar de mi mujer, aunque midiendo las fuerzas de las aguas, pensaba que hasta allí no llegarían. Varios barcos pesqueros quedaron diseminados por los alrededores del parque y la cancha de fútbol. El mar los levantó como botellas.
Corrí veloz con el parto del mar entre mis manos en busca de mi amada, no podía creer en tanta felicidad en medio de todas las desgracias para con mis vecinos y hermanos de calamidad. La niña tenía más o menos sus dos añitos, lloraba desconsolada. Pronunciaba extrañas palabras, tenía el idioma de los mares. Al llegar a mi casa se abalanzó mi mujer, feliz de saber que aún estaba vivo. Entré veloz con mi pequeña para mostrarle a mi mujer el fruto de los mares.
Había hecho un pacto con ella, que si aparecía la madre de nuestro pequeño regalo la íbamos a entregar porque no éramos ladrones. Recorrí los sitios de las unidades de apoyo buscando sus padres, pero nada pude encontrar. Aunque en mi mente quería el no encontrarlos de verdad. Tanta tristeza en medio de éstas tragedias, tanto dolor en el alma de los padres de mi pequeña. Tanta alegría reflejada en su tierno cuerpecito. Le dimos los mejores amores y las más blancas enseñanzas. Nunca hubo violencia frente a mi pequeña. Como ya venía con la bendición de los mares le colocamos el nombre de gloria, que igual quería decir alabanza.
No le dimos más de lo que necesitaba, tampoco menos de lo que requería. Pero recibió lo más importante, las enseñanzas del amor y de la unión en los lazos que encierran el núcleo de su sangre.
No tuvo carreras en ciudades importantes, el único posgrado que tuvo fue el del amor que le dimos a mi pequeña. Pero se educo con valores y ejemplos de respeto y tolerancia. Aprendió a querer todo lo se tiene, sin pretender poseer todo aquello que se quiere con las fuerzas desmedidas. Aprendió a tener la libertad con la capacidad de manejar los límites del quiero, puedo, debo y hago. Aprendió que las modas son las voluntades ajenas. Aprendió que las libertades nos conducen a las enajenaciones ajenas.
Aprendió que en las esquinas se derrumban las mentes de los hombres.
Aprendió que el tiempo perdido no se recicla.
Aprendió a trabajar como su padre, no en lo mismo, pero si en algo que fuese de su agrado. A unos pasos de la playa más arriba que de costumbre y con las experiencias del pasado, se levantó un hospedaje y como el dueño era uno de mis clientes, confió en las capacidades de mi hija, al igual que confiaba en mis propias capacidades. Allí en éste hospedaje mi hermosa Gloria, esperaba la visita de los mares que habrían de traer las huellas de su sangre igual cono descendían de las montañas mi propias huellas.
Una madrugada como siempre, comprando los mismos plátanos, las mismas yucas y los mismos pescados, me encontré en la playa con unos forasteros, con los mismos rasgos fisiológicos de mi Gloria. El señor estaba tomando unas fotografías y me pidió el favor de disparar su cámara sin importar que poco supiera de fotografía. En inmediatos segundos estaba hablando de sus recuerdos que eran mis propias presencias. Sus palabras llegaron a mi alma como otro tsunami. Eran ellos los padres de Gloria. No podía ausentar el encuentro de mi hija con sus verdaderos padres. Veinte años habían pasado desde aquella triste furia marina. Los mismos veinte dos que cumplía Gloria.
Nunca le dije la verdad, por temor a perderla, fue un error lo reconozco. Temía que le dijera “recogida”.
Ella no sabía que en su propio hospedaje se encontraban sus padres.
Inmediatamente y sin dudarlo, les conté los pormenores de la fatal historia, les conté con pelos y con muchas señales las situaciones que habían llegado con la perdida para ellos y el encuentro nuestro con la niña.
Allí en el hospedaje y sin tener nada preparado, reunimos las verdades en busca de las mejores decisiones para que todo quedara esclarecido, era mucho el dolor para los verdaderos padres de mi hija, el más bello amor de todas las costas.
Gloria después de mucho llorar y controvertir, tomó sus mejores decisiones. Dijo en un tono bastante apesadumbrado, que era la chica más feliz de toda la comarca, que tenía cuatro hermosos padres. Que para ella no existía la palabra ingratitud. Amaba a sus verdaderos padres, pero con las mismas fuerzas nos amaba también a nosotros sus padres adoptivos. No hubo rencores. Solo hubo algunos silencios y muchas, pero muchas lágrimas. Hoy unimos las fuerzas de sus cuatro padres, para continuar el camino de la Gloria de los mares.
A veces vienen ellos a visitarla, otras veces Gloria viaja a los Estados Unidos a casa de sus verdaderos padres. Nos ama tanto como nosotros a ella. Se siente afortunada de tener cuatro padres.
Jorge Betancur Z. agosto 15 2010