Recuerdo que mi padre desde muy temprano abandonó la casa, dejando sola a mi madre al cuidado de sus dos hijas. Ahí se iniciaron los rumbos negros de mi vida. Luego vinieron los sufrimientos y las carencias, tanto del alma como de aquellas cosas básicas para la supervivencia.
Seguidamente mi madre entre múltiples desesperos, buscando mejorar nuestro bienestar, se pasó a convivir con una persona mayor, de la cual nunca quiso y de eso si que fui testigo.
Una vez le pregunté, que si ella amaba a mi padrastro y lo único que dijo fue, “de solo amor nadie vive “. “Se necesita plata para llenar la barriga”.
Entonces fui comprendiendo muchas cosas que en verdad desconocía, creía que el amor era distinto. No volví a ver a mi padre. No supe más de él. Al que si seguí viendo fue a mi padrastro, el cual desde mis once añitos me perseguía tratando de manosearme. La decepción más grande la tuve de mi madre, en ves de creerme, me decía que mentirosa, que ese señor no sería capaz de esas cosas.
Una frase de mi madre que aún recuerdo era: “Consiga un marido para que la mantenga, ya está muy grandecita”. A mis trece años tuve mi primer noviecito, de manos inquietas y mañosas. En una oportunidad me invitó disque a la casa de su madre para que la conociera. Tomé el atrevimiento de ir a conocer a mi suegra, era por los lados donde yo vivía, aunque más arriba de la cancha del barrio. Me señaló una casa, a la cual llegamos, estaba sola y el muy desgraciado intentó hacer el amor conmigo a la fuerza. Como pude logré sacar fuerzas y le mandé una patada donde más le dolía, en los testículos, escapé de aquel ser asqueroso y despreciable igual a muchos otros que había conocido.
Entonces sin más apoyo que los consejos de una monjita que trabajaba en el ancianato de mi pueblo, donde de ves en cuando iba. Huí a la capital, no quería llevar una vida desgraciada como la de mi madre. Llevaba dos teléfonos entre mi equipaje, eran de personas que podrían ayudarme, una hermana superiora de una congregación y el otro de una familiar de la novicia Victoria amiga del ancianato.
Allá en el internado de la capital, recibí las mejores atenciones de mi vida, seguí mis estudios, aprendí manualidades, terminé la secundaria. Y lo mejor, me formaron como una persona de bien. Continué de novicia y espero con la bendición de Dios recibir los votos en su gloria. Quiero trabajar con niñas abandonadas como yo, para escaparlas de lo s maltratos y agresiones. De mi madre nada he vuelto a saber, solo se de mi hermanita, quien en la actualidad tiene ya dos hijos de diferentes maridos. Quiero ser un apoyo para ella y mis sobrinos, quienes no tuvieron como yo, la dicha de escoger el hogar que los acogiera.