Una noche en el alto de la virgen mataron un extorsioncita y todo el pueblo subía en romería a conocer el cadáver del finado. La ventica de panelitas de doña Tereza y el mantelito blanco con el que las tapaba. Y el viejo Gregorio con sus gafas hinchadas que secaba sus medias de dos días al sol de la tarde, al lado de unas botas de caucho malolientes.
Mis viajes por el Huila, mis ventas de ropas en los pueblos, mis días de teñir ilusiones y mantener las ganas de hacerme hombre al frente de todas mis responsabilidades. Mi fábrica de tenis, que más que tenis fue una fábrica de sueños. La hija de la vieja Fanny que ayudaba diariamente a colocar botones y cremalleras, a teñir las ropas, a teñir mis días de andariego.
La llegada a los pueblos y la búsqueda de puntos permitidos para realizar mis ventas, mis madrugadas por carreteras que igualmente correteaba la guerrilla. Las cartas a una novia lejana y las llamadas sagradas de cada ocho días.
Las llamadas a mi madre, que religiosamente también le profesaba.
A chaflán también recuerdo igual que a chaquito, pate buey y al viejo tonto leo. A Enrique trozo que llenaba sus bolsillos de papeles creyéndose él mismo que eran billetes. A nena la loca, embarazada por un boticario. A Ana la loca, que trasegó por aquellas fronteras de mis recuerdos. A tanta gente que aprendí a amar y también a aborrecer. Mis viajes de monaguillo con el padre Flavio en su Daihatsu amarillo, donado por comunidades cristianas. A la hora de recoger las ofrendas salía con esa canastilla de mimbre, como el pequeño capellán de La feligresía.
La coca cola bailable en la discoteca El Carretero, la bailada con Yo Maira, una amiga, de mis tantas hermanas, siete en total. Mi curso intensivo de baile en el Kirama, la noche de la demora de mi padre, hombre tan disciplinado que ante cualquier demora generaba búsqueda, lo encontré con el profe Pedro Luis hablando entre tragos de política. Pocos tragos nunca fue toma trago mi querido padre.
Recuerdo la noche que mi padre descubrió el carro en el garaje, y vio que estaba en el sentido contrario que le habían dejado. Así descubrió que yo lo había sacado y siguientemente lo seguí sacando pero ya con su permiso. Los envíos de mi madre a mi abuela, que cuando eran muy provocativos para mis gustos culinarios, le mermaba el envío y me lo comía en la escuela de varones infantiles llamada Marco Tulio Duque Gallo.
Recuerdo mi noviazgo, mis mojadas en lambreta, mis quemada de pólvora que casi pierdo los dedos de mi mano derecha. Mis visitas en carro, mis vallenatos guardados en casetes. La siembra de materas para nuestra futura casa, un proceso más para alegrar los preparativos previos a la boda.
Recuerdo al abuelo en las salidas periódicas a diferentes viajes, donde tenía un rincón escriturado en la silla delantera del campero. Recuerdo a mi abuela la tarde que una de mis chivas la orinó en su vestido de paño café. Y aquellas chocolatadas donde el olor a panqueso caliente salían de aquellas mágicas cocinas.
Recuerdo sus voces porque quedaron guardadas NOSTALGIAS en entrevistas que les hice, donde sus palabras quedaron grabadas para escaparlas del abandono, por que sé que para seres tan especiales, no podrá haber espacios para los olvidos.
Recuerdo el día de mi matrimonio, el nacimiento de mi niña, sus primeras leches de chiva caliente, mis frutales, la hierva en los potreros. Los jardines colgantes, la muerte de mi gato en los pies del caballo. A mi niña decir ahíta engo, calo a nunar, voy aia por decir Ana María.
La prisa por la vida debe ser mayor que la de la muerte, cuando nuestros pasos se vuelven lentos, también disminuyen la prisa de nuestras emociones…
Y la volqueta gris casi destartalada, cargada de arena, saliendo de la playa y yo al volante dándome las ínfulas de camionero mayor.
La borrachera de mi hermano que dejaba la moto en mi casa, y yo al saber de sus borracheras, afanaba la sacada de la moto honda en duro 125, y recorría las calles nocturnas de mi pueblo, donde le huía al inspector de policía por carecer de documentos de conducción.
La primera bicicleta de cross, el primer pique en la feria de ganados y mi primer correazo por ensuciar de estiércol de vacas mi trasero. Las noches del circo que buscábamos ingresar sin pagar las boletas. La llegada de la ciudad de hierro y la montada en la rueda de Chicago.
Mis siembras de hierbas de corte como la imperial y el elefante. Los potreros divididos con cercas de energía. Las madrugadas a lavar las marraneras, al ordeño, a la siembra de legumbres que entre todos realizábamos. Las idas a El Santuario a vender cultivos. A las noches de Escalona, a las visitas nocturnas a mis familiares, al ladrar de los perros en el patio, a las cuajadas de leche para hacer los quesos. A las gallinas tan gordas que se asfixiaban y no podían caminar de lo pesadas.
A mis negocios de motos y caballos, a la chaza que manejaba mi trabajador Emilio, el viaje a Cali con la niña donde rematé una camioneta y nos venimos en ella desde tan lejos y sin muchas experiencias.
Mis primeros problemas conyugales, donde me tocó amanecer solo en la finca, y esperar a ver cuando iba a subir con Ruperto mi señora. Los primeros pasos de niña, el montón de canastas de flores decorando los pasillos y la niña entrando los huevos de mis gallinas. La vez que la gallina perdida apareció con la compañía de sus polluelos.
Los mellizos de pinina y del diablo, la bondad de la topa, el cariño de flipper, los vecinos tan queridos, la señora Nelly y sus muchachas que me llevaban cremas a los potreros.
Y en medio de tanta calma llegaban las tardes acompañadas de silencios mientras la vida giraba marcando en nuestra piel el paso de las horas.
Habrán de venir otros momentos. Tendremos la oportunidad de marcar la historia de nuestros hijos, igual que fuimos marcados con las historias de nuestros ancestros…
Otros veranos surcaran nuestros días y una nueva sed soportará las inclemencias de los tiempos que velozmente se aproximan…
Jorge Betancur Zuluaga julio 25 2010