PORTANDO LA MITAD DE MI EQUIPAGE
Recuerdo al abuelo allí sentado en su mecedora, con su ruana de cuadros, su radiecito de pilas, la foto mágica de su madre enredada en la billetera de pieles desteñidas. Había colgada en la pared un marco donde posaba con mi abuela y su pequeña prole, en el centro, mi padre como siempre resaltaba por su estatura.
Y a su lado un perro que sus manos escoltaban suavemente. A un lado unos zapatos negros y a un costado las medias de dos días. Yo a su lado, aprendiz de periodista, preguntando de historias, de luchas y de encuentros. A veces el abuelo,
Seguía su conexión con el sueño y yo afanado en el resumen de sus días.
Hablábamos de cosas infinitas, me hablaba de viajes a caballo, de campos de ganado, de colonizadores. De historias, arrieros, duendes y hechiceros. Mantenía una barba de varios días, no eran muchos, si acaso dos o tres no más. Me hablaba de la muerte de su primera esposa en los años mozos, donde los partos eran atendidos en los campos solo con parteras. Hablaba con la seguridad de hombre de palabras claras y frases conectadas entre muchos recuerdos.
Se paraba con mucha regularidad para buscar el orinal, a sus años los dolores prostáticos le habían hecho su visita. A sus 87 años estaba en la edad de los achaques, tenía mi abuelo demasiada cercanía con sus seres idos. Vivía con su segunda esposa, hermana de la primera y designada por el destino para ser cuidadora de sus sueños.
Toda lucha trae su calma, así como toda calma traerá su lucha. Somos la colección de un afán sin prisa. Todo verano traerá consigo su propio invierno. El viento arrastrará las aguas que salen de los mares, las mismas que volverán después de tantos tiempos de habersen ido.
La vida es un lugar de pertenencias, pero todo propietario dejará de ser el dueño. Y todo inquilino será invitado de honor a las pertenencias. Todo amor por fuerte que sea quedará sepultado en algún lugar donde anidan los olvidos. Y todo olvido marcará las huellas de los recuerdos.
Pero se que para olvidarme de mis ancestros, tendré que sepultar ésta piel en el fondo de muchas sepulturas. Conmigo viajan tantas cosas que guarda mi pasado, soy un tren con vagones detenidos en ésta estación que llamamos el tiempo. Habrá un mañana donde el deseo de la muerte será mayor que el deseo de la vida. Somos pulsaciones detenidas en el corazón de un tiempo que lentamente se desangra.
Mis recuerdos llegan con el humo de la leña, con la brisa fresca que golpea la tarde, con la risa de los niños, con el llanto del que parte y con la alegría del que se aproxima. Recuerdo que llegan envueltos con estiércol de caballos, con la leche derramada, con el latir de los perros avisando la aproximación del que llega.
Creo que en ciertas ocasiones somos forasteros en nuestros propios terruños. Aunque se que el abuelo me acompaña, aunque a veces me lleguen los recuerdos de su despedida, de esa cama blanca donde paso sus últimas soledades. Sus hijos uno a uno desfilaban y sus nietos alrededor pronosticábamos algo que ya estaba plenamente definido. Arriba de la cama asomaban los cabellos blancos del abuelo, y una camándula café para rezar entre todos el rosario.
Tantas personas que han partido y otras tanto que partirán. Pasan los vagabundos cuando cierran las cantinas, pasan las damas de la noche en busca de nuevos vagabundos. Pasa el amante de la concubina, pasa su esposa por el fiado a la tienda como siempre.
Me duelen tantas cosas de la vida, el llanto de un hombre, la mano quieta del labriego, la mano inmóvil del artesano. La mirada triste del que parte y el sufrimiento del que llega desterrado de sus andanzas. Tantas cosas que acontecen en ésta ciudad que se desangra. Y nuestras miradas quietas rebozan de indiferencias. Ahora que se acrecientan los dolores hemos disminuido las anestesias. Estamos sumergidos en ésta ciudad de laberintos. De una lágrima a un llanto es poca la distancia. Los recuerdos son mensajeros del tiempo. Somos habitantes de una ciudad de historias, de luchas, de contrastes.
Recordaré por siempre esa ruana que portaba mi padre, sus botas negras, su sombrero gardeliano. Recordaré sus silbidos, su caneca lechera, recordaré las aguamasas que en casa a diario eran recogidas para el ordeño. Recordaré su ejemplo, recordaré su vida. Recordaré el amor por sus hijos que a diario repartía. Todo lo recordaré porque había llegado en el mismo empaque del abuelo, estaba presente en su sangre como la sublime transfusión que se haya realizado.
Todo lo tuyo será mío, aunque se que lo tuyo nunca será mío. Todas tus cosas y las mías, sino las borró el pasado del presente no se podrán escapar.
Recordaré sus silbidos por todos los caminos, el tirarle la ruana a los mazatecos como él decía. Su mirada, su nobleza, su calidad de ser que un accidente en carretera se nos llevó.
Una mañana alguien me buscaba y me hablaba de un accidente, pero no fue brusco con sus palabras, me dijo que estaba herido en un hospital, pero al bajar al pueblo el firmamento estaba gris, quizás algo me decía. Al llegar me Fundy con el abrazo de mi madre que ya era portadora de la tragedia mañanera. Esa misma mañana me había despedido de mi padre. Como iba a saber que era la ultima vez que me hablaba aquí en la tierra. Cuanto dolor quedó sembrado en ésta tierra con tu partida.
Sabré proseguir con todas estas luchas. Hasta el día que juntemos nuestras caras en el encuentro final con el Dios de los cielos.
Pero se que a lo lejos entre una estrella divina guías mis pasos compañero de mis días.
Paz en tu tumba y en la tumba del abuelo la única persona de mi pueblo que repartió tierras a los pobres y fundó un barrio que gloria a Dios lleva aún su legendario nombre.
No les digo adiós sino hasta luego, porque otra tumba no muy lejano aguarda para mi un puñado de lúgubres silencios.