EL NIÑO QUE NUNCA LLEGO A SER GRANDE
El viejo chepe desde niño había sufrido el abandono de su padre. No tuvo ni el don del apellido. Alejado de escuelas por innumerables rebeldías, como cobrando factura por sentirse en el lugar equivocado y con la gente equivocada. Su niñez transcurrió entre calles y esquinas, las que mal orientadas lo llevaron a las peores libertades. Se inició como radiecito en las bandas controlando las esquinas, escalando a expendedor de drogas, cobrador de vacunas y extorsiones. A los dieciséis años era poseedor de oscuros historiales.
Una noche agobiada por tantos problemas, se despidió de la vida, sin creer que el llamado a la muerte en la mayoría de las veces lo hacemos desde lo más profundo de nuestros actos. Esa noche sus ojos se cerraron en aquellas calles estrellas y empinadas, mientras su sangre corría silenciosa por aquellos escalones, resaltando con su duro color las paredes húmedas de las despedidas.
Posteriormente, la mamá de Joselo tuvo demasiadas libertades, las mismas que desgraciaron su vida. Se dedicó a cambiar de amores como de piyama, a la vida bohemia y a tener el descontrol de su propia vida. Llevando en su actuar el fruto de todas sus desgracias.
El primer muñeco de Joselo, fue un amante de su madre. Una madrugada al salir de una cantina y después de haberla golpeado, Joselo se enteró y cobró su venganza con la única factura que había aprendido, la factura de las balas. A partir de hay los días fueron rutinarios. Noches enteras de oscuras andanzas. Por medio de sus trabas buscaba evadir una realidad, que en su mente pesaba como piedra gigante.
Era una vida de conflictos, plazas de vicio y extorsiones su financiamiento, las amenazas su diario vivir. No tuvo cerca la voz pausada de una mano amiga que lo guiara, siempre fueron los gritos y los golpes, que lo único que sembraron fue más venganza. Siempre cosechamos lo que sembramos, a Joselo no le valieron ni los reformatorios que había conocido, de los mismos que al salir, siempre tenía ínfulas de grandeza, de líder de grupo, de mandamás, de ser grande.
Su segundo cabecilla para obtener el poder de su grupo, una noche estando Joselo con una de sus amigo Bias, lo mató en la misma cama que le daba sus placeres. Hay cedió el mando de su organización y con él se fueron las ganas de continuar viviendo sin escrúpulos y ambiciones. La única autoridad que tuvo Joselo, fue de la cárcel correccional de la misma que con sus compinches lograron evadirsen amarrando con cordones a sus cuidanderos .
Los árboles torcidos si desde pequeños los guiamos con un apoyo que los guíe, lograran enderezarse. Pero ya grandes no vale ni la motosierra para enderezarlos.
La noche que murió Joselo desangrado en aquella cama maloliente, al llegar su madre enterada de lo acontecido, se le veía el semblante de los ebrios, frases incoherentes, saliva espesa y unas piernas desequilibradas, pero ya todo estaba consumado. Ya no valían gritos ni súplicas. Entre colectas se realizó su funeral, dos tumbas más que llegan a los umbrales del olvido. Mientras tanto su madre, seguirá olvidando sus penas con sus baratos tragos quizás hasta el día en que se digne hacerles compañía, la misma que nunca compartieron.