RECUERDOS DE MECHAS
No tenía ni fuerzas para ladrar, los ojos reflejaban su estado de ánimo. Como mascotas pequeñas tienen más valor, pero ahora ya adultos son más propensos al abandono.
Esas apreciaciones las tuvieron sus dueños, quienes la dejaron encerrada en una plancha vecina, asegurando su estadía con una pita gruesa, para asegurasen de que no corriera tras ellos, el día que decidieron cambiasen de apartamento. Tuvieron temor de que mechas los hubiera seguido.
Tenía alrededor de seis años, era alta y muy delgada cuando la vi la primera vez me conmovió, era una perra pastor alemán, sin algún parto que delataran sus pezones, Con mirada baja sufría una de las más duras enfermedades, el abandono.
Los vecinos recogían sobras de sus comidas y le llevaban a su refugio, una perrera improvisada que le hicieron los niños con adobes usados y una puerta deshilachada que hacía las veces de techo. El agua como pobre nunca le faltaba. A pesar de todo, en el sector la echaban de menos.
Para esos días yo laboraba en una agencia de abarrotes y entregaba pedidos en las tiendas de barrio. Cuando supe su historial de sufrimientos, caminé hacía ella despacio con un paquete de cuido para mascotas entre mis manos, todo el paquete se lo devoró en segundos. Luego bajaron las tensiones y los miedos, me miraba de frente y boliaba su cola. Estaba débil y algo sucio, sus olores no eran agradables. Mis manos sobaban sus débiles costillares.
La quise subir a la carrocería del carro, pero me dio temor levantarla, aunque ella quería escapar al abandono. Inmediatamente los niños corrieron y me la levantaron, mechas les boliaba la cola como despedida. Quería cambiar su vida. Mientras los niños se despedían de mechas levantando sus manos, ella alzó su cola y la balanceaba. Continué con las entregas de mercancías con la simple complicidad de un ser, que humanamente empezó a cambiar mis días.
Ese mismo día, la lleva a una veterinaria donde me ayudaron, bañada, desparasitada, y
con algunas inyecciones empezó una nueva vida. Hoy recorre la ciudad y me colabora con la vigilancia de mi carga, más que una mascota es una compañera de trabajo. En la bodega central todos la quieren y celebran sus travesuras. Sus ojos desde aquel día que la saqué del abandono encontraron el brillo que había perdido.
En ocasiones he regresado por el lugar donde vivía y los niños la extrañan, aunque son felices con sola verla y saber de su bienestar. Mechas y yo somos un buen equipo de trabajo. A ratos pienso que en instantes nos cambia la vida, y la de ambos cambió el día que nos conocimos.
Julio 11 2010