HACIENDA RANCHERIA
Era el final de mis últimas vacaciones de primaria, por mis notas me había ganado el viaje hasta el lugar mágico donde vivían mis abuelos.
Mi padre era fiel imitador de su raza, aprendió a cabalgar desde niño, luego siguió con la arrendada de potros y potrancas.
Ese verde de las praderas, ese olor a hierva mojada y a caballo lo llevaba entre mi sangre. Esa pasión me llevaba a la escuela con la intención de hacerme hombre. Que más espejos que mi abuelo y mi padre. Entre padre e hijo se pisan las mismas sombras, igual que se vibran con las mismas emociones.
De todos ellos aprendí cosas lindas. Entre los mismos costales los granos se parecen. Por eso quería el viaje a la hacienda ranchería, para compartir cosas bellas con los abuelos. Y fueron las vacaciones más inolvidables de mis días.
Mi padre me mandó con un peón de su confianza hasta la hacienda. El abuelo mandó los caballos necesarios hasta el lugar donde llegaban los buses. Era mediodía. Saqué mi chaqueta por orden de mi madre. El trayecto duraría tres horas y media. En medio del camino algunos perros ladraban, pero los caballos nunca se asustaron.
Por donde pasábamos la gente nos saludaba con mucha cordialidad, era gente muy buena. Había tramos pantanosos y muy lisos. Jaime iba delante de mí por miedo a que el caballo me tumbara ó se desbocara.
A lo lejos se veían como mapas entre los montes, aquellas eran las tierras del abuelo decía Jaime. Ya quería llegar pero aún estaba lejos de aquellos linderos. Hacía frío, pero tenía adentro muchas vibraciones, era la sangre que me llamaba, era la cercanía con el abuelo la que aumentaba mis pulsaciones.
Cuando pisamos la portada, el abuelo se abalanzó sobre mí y nos fundimos en un abrazo, fue como una despedida. Mi abuela estaba muy emocionada, nos abrazamos y pasamos a la cocina a tomar chocolate con queso montañero. Aquella primera noche la pasamos contando historias, uno de los trabadores era muy bueno para la guitarra y los demás tras él musitando algunas canciones. La que aún me hace llorar es tierra labrantía.
Como estábamos cansados del viaje el abuelo entró a mi cuarto pero no quiso despertarme, cuando salió, yo ya estaba detrás de él, para disfrutar de su presencia. No podía perderme ésta bella compañía para aprender de lo que ya sabía sobre las costumbres del campo.
Ese primer día recibí un regalo del abuelo que todavía conservo, una yegua colorada de nombre la clarisa. Varias crías que me ha dado.
Recorrimos los potreros dando mirada a los ganados, vaca enferma triste está decía el abuelo. Era cierto, una vaca aislada ó está enferma ó va a criar decía mi abuelo.
La noche del cuarto día de mi estadía, sentí unos gritos en la alcoba de la abuela, mi tía Fanny lloraba, me levanté ligero y al llegar allí, el abuelo estaba morado, todos llorábamos. Había sufrido un paro cardíaco. Me sentí culpado por la muerte del abuelo, fueron muchas las emociones vividas. Mi papá lloraba, y sus lágrimas humedecían mis vestiduras. Se fue un gran hombre, se fue mi abuelo, el ser más especial de toda la comarca. Lo extraño hoy, y lo extrañaré por siempre. Te amo abuelo.
Jorge Betancor Zuloaga. Julio 01- 2010.