AMORES DESPLAZADOS
Entre el frío mañanero iniciamos la partida, es duro abandonar los espacios vividos para iniciar otros rumbos. En cuatro caballos se transportaban nuestros sueños, era espesa la neblina. Atrás quedaron escritos tantas historias, tanta lucha por la vida, tanto sufrir para al final encontrarnos de frente con la pelona.
El único pecado fue atender bien a todo el que llegaba, uno mira los rostros pero no profundiza la terquedad de sus corazones. En un pasquín dejado en la mitad del pasillo, nos amenazaban y nos daban 24 horas exactas para la partida. Mientras tenemos sueños nos aferramos a la vida, cuando éstos terminan nos saludamos de mano con la misma muerte.
Llegamos a Puerto Escondido al finalizar la mañana, el olor del restaurante nos hizo detener, muchos camiones detenían su marcha, otros aprovechaban la abundancia de las aguas para lavar sus vehículos. Le dí panela picada a los caballos y algo de melaza diluida para refrescarlos.
El señor que era el dueño del paradero nos dijo que había una casa para el alquiler, y algún potrero en donde descansar los caballos, los mismos que al poco tiempo se vendieron. Nos logró convencer para que nos quedáramos con él. Me puse a hacer un curso intensivo para lavar camiones, el viejo Arturo con manguera en mano dirigía la clase. Mi recordada esposa fue contratada para laborar de ayudante en la cocina.
Los ventiladores refrescaban el ambiente, los zancudos atacaban. El señor Arturo hablaba de un pasado lleno de historias, galleras, apuestas, mujeres. Nunca paso por mi mente que mi Luisa iba a caer en las manos de aquel sucio jugador. Tanto arriesga el que juega como el que se arrima a un mesquino jugador. No había aprendido a diferenciar una mirada bondadosa, a una mirada de león en celo en selva virgen.
Mi pequeña Luicita había llegado a su tercera navidad, en ese diciembre había bajado al pueblo a surtir la tienda y no había olvidado amarrar algunas muñecas en una de las bestias. En ese diciembre mi niña se aferraba a su muñeca, como yo me aferraba al calor de mi familia y al amor de aquellas tierras que heredé de mis padres.
Yo me concentraba en las lavadas de los camiones y nunca sospeché de lo que pasaba a mis espaldas en esa cocina. En las tardes me sentaba cerca de la vía a contemplar a mi niña, y desviaba la mirada entre buses y camiones, entre carros que buscaban la capital y otras ciudades aledañas.
Mi esposa escaló rápidamente de ayudante a cocinera, pasó de turnos tempranos a turnos nocturnos, ya que de noche también paraban los camiones. Mi trabajo de lavador me hacía madrugar, como hombre sano no era desconfiado. Cuando uno es bueno no tiene picardías, sólo los malos desvían sus miradas.
Aquella madrugada cuando juntos se escaparon, cuando abrí los ojos al amanecer, ya el rastro estaba frío. Lo que más extraño es el amor de mi pequeña hija, la seguiré buscando hasta el fin de mis días, los otros dos desgraciados que se los trague la misma tierra.
Jorge Betancur Zuluaga Julio 3 2010